viernes, 28 de agosto de 2026

Palabras bajo libertad (XXI/2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota: Manuel Cabesa


***


Hay poetas con quienes mantenemos un diálogo permanente, pocos en realidad aunque imprescindibles, pero que a través de su obra nos parece vislumbrar una tenue luz sobre el misterio que nos ofrece la existencia y la poesía misma. Tal es mi relación con la escritura de Yves Bonnefoy, descubierto hace muchos años gracias a la generosa amistad de Alfredo Silva Estrada. Comparto en esta oportunidad una serie de tímidos acercamientos a varios de sus poemas realizados entre 2015 y este año. No se trata de traducciones en el sentido estricto, digamos más bien que son bocetos de poemas inspirados en sus inigualables originales...


(mcabesa)


***

-Yves Bonnefoy-


***


La imperfección es la cima


Era necesario destruir 

y destruir y destruir. 

Era necesaria 

la salvación a ese precio. 


Arruinar el rostro desnudo 

surgido del mármol.

Martillar toda forma de belleza. 


Amar la perfección 

porque ella es el umbral,

pero negarla al conocerla, 

olvidarla después de muerta. 


La imperfección es la cima.


***


°°

La primera nieve

temprano esta mañana.

El ocre, el verde,

se refugian bajo los árboles.

 

La segunda, a mediodía.

Sólo queda del color,

las agujas de los pinos

que de a ratos caen también

más tupidas que la nieve.

 

Después, atardeciendo,

la barra de luz se inmoviliza.

Las sombras y los sueños

tienen el mismo peso.

 

Un poco de viento

escribe con la punta del pie

una palabra fuera del mundo.

 

Principio y fin de la nieve, 1991


***


°°

Más lo que yo miro, es la nieve

endurecida, que se desliza por el enlozado

y se acumula en la base de las columnas

a la derecha, a la izquierda y allá delante de la penumbra...


Principio y fin de la nieve, 1991


***


El invernadero de los naranjos


Así marcharemos sobre las ruinas de un cielo inmenso

el sitio a lo lejos se cumplirá 

como un destino dentro de la viva luz.


El país más bello largo tiempo buscado

se extenderá frente nosotros, tierra de salamandras.


Mira, dirás, esa piedra:

ella porta la presencia de la muerte. 

Lámpara secreta que brilla en nuestros gestos,

así marchamos nosotros, esclarecidos. 


 Del movimiento e inmovilidad de Douve, 1953


***


Devoción

 

1


A las ortigas y a las piedras.

 

A las “matemáticas severas”. A los trenes malamente esclarecidos de cada tarde. A las calles de nieve bajo la estrella sin límite.

Yo me iba, yo me perdía. Y las palabras turbiamente encontraban su vía en el terrible silencio. –A las palabras pacientes y salvadoras.

 

 

2


A la “Madone du soir”. A la gran mesa de piedra sobre las riveras venturosas. A los pasos que una vez se unieron y luego se separaron.

 

Al invierno oltr’Arno. A la nieve y a todos los pasos. A la capilla Brancacci, cuando cae la noche.

 

 

3


A las capillas de las islas.

 

A la “Galla Placidia”. Los muros estrechos portan la medida de nuestras sombras. A las estatuas sobre la hierba; y que, posiblemente como yo, carecen de rostro.

 

A la puerta amurallada de ladrillos color de sangre sobre la fachada gris, catedral de Valladolid. A los grandes círculos de piedra. A un paso cargado de negra tierra muerta. A un palacio desierto y cercado por los árboles.

 

A Sainte-Marthe de d’Aglié, en el Canavese. El ladrillo rojo y envejecido proclama su alegría barroca. 

(A todos los palacios de este mundo, por la hospitalidad con que reciben a la noche).

 

A mi domicilio en  Urbin entre el número y la noche.

 

A Saint Yves de la Sagesse.

 

A Delfos, donde es posible morir.

 

A la villa de las cometas volantes y las grandes mansiones en cuyos vidrios se refleja el cielo.


A los pintores de la Escuela de Rimini. Yo quería ser su historiador por angustia de su gloria. Yo quería abolir la historia por la pasión de su absoluto.

 

 

4


Y siempre a aquellos muelles de la noche, a los pubs, a una voz que pronuncia “Yo soy la lámpara. Yo soy el aceite.” 

A esa voz consumida por una fiebre esencial. Al tronco gris del arce. A una danza. A esas dos salas comunes, donde los dioses permanecen entre nosotros. 


 Lo improbable, 1959.

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Rafael Ortega