martes, 25 de agosto de 2026

Palabras bajo libertad (XX/2026)

Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta


Edición y nota: Manuel Cabesa


***


Este 25 de agosto Álvaro Mutis estaría de cumpleaños, y como cada año en esta fecha intento leer alguna página de su inevitable obra como tributo permanente de admiración; se trata de estos autores que una vez que se leen la primera vez, se les termina leyendo para siempre. En su obra prosa y poesía son formas que se han confundido desde el principio desde aquella lejana "Reseña de los hospitales de ultramar" (1955) hasta el ciclo "Empresas y tribulaciones de Maqrol el Gaviero" (1986-1993). Hoy compartimos una pequeña estampa histórica de regia catadura donde se evoca la memoria de Garcilaso de la Vega y se recrea la figura del emperador Carlos V. Amén de tres de sus poemas más emblemáticos. 


(mcabesa)


***


Presencia de Álvaro Mutis


En Álvaro Mutis hay un extraordinario poeta, que a veces escribe en verso y a veces en prosa, un poeta visionario que nos narra, entre el terror y el asombro, la descomposición de la materia, cronista preciso de un trópico carcomido y del proceso incesante, inapelable, del desgaste. Poeta de los objetos abandonados, de los barcos herrumbrosos,  de los astilleros perdidos y  también de paisajes góticos y aurorales. Maqroll el Gaviero —la invención y la guía del poeta— nos habla de la necesidad de la acción y del esencial fracaso inherente a ella. El escándalo de la muerte, el misterio de los finales, es el horizonte del Gaviero y de su creador. Maqroll encarna la errancia, no hay lugar de llegada ni de partida y exalta las "pequeñas patrias", nuestras pasajeras salvaciones: una mujer, una taberna, un Tramp Steamer. Si el Gaviero desconfía de propósitos y metas, si no hay destinos manifiestos, lo que queda es la ética de la amistad, la lealtad profunda, el orgullo del sacrificio silencioso. Me parece muy natural que en este universo se admire la hazaña individual, los personajes históricos que simbolizan la inmolación, los que asumen una responsabilidad que es trágica precisamente por ser perecedera. Maqroll el Gaviero y la suerte de los héroes y de los reyes: ese es el arco de Álvaro Mutis: el Gaviero en su camarote, el caraqueño Simón Bolívar y Felipe II en El Escorial.

Hay en la obra de Mutis una infinita comprensión de las flaquezas humanas, una honda bondad que no se confunde con cortesías protocolarias. Estoy seguro de que todos sentimos —los lectores y los amigos— que con él podemos descansar, quitarnos el saco, oír sus inolvidables historias, intercambiar fantasías, contarle aquel secreto agobiante y, al final o al principio, reírnos a carcajadas. ¡Cuántas cosas, caramba, puede hacer el nuevo y luciente Premio Cervantes de Literatura! Regocijémonos todos.


Alejandro Rossi

© 2021 Letras Libres |


 ***

Intermedio en Niza


-Álvaro Mutis-


Los imperiales han acampado en las afueras de la ciudad. El césar Carlos V se retira después de haber intentado privar a su rival, Francisco I, de las hermosas tierras de Provenza. El emperador está en su tienda, a la caída de la tarde, y despacha algunos asuntos con los enviados que han llegado de tierras alemanas con noticias sobre la sorda conspiración de los electores protestantes. Los emisarios teutones salen con la impresión de no haber sido escuchados con todo el interés que el asunto demandaba. El césar tiene su espíritu en otra parte. Piensa en esa pequeña fortaleza de Muey en donde cincuenta arcabuceros resisten denodadamente el asedio de los imperiales. No quiere dejar tras de sí ni la más leve señal de resisten­cia. Buena parte de sus ejércitos deben pasar por allí en la retirada. Envió a dos de sus más probados y cercanos caballeros para terminar con el sitio: don Francisco de Borja, marqués de Lombay, futuro duque de Gandía, que subirá a los altares como uno de los más preclaros santos de la Iglesia, y Garcilaso de la Vega, espejo de caballeros, que ha escrito ya algunos de los poemas más hermosos de la lengua de Castilla. La preocupación de Carlos V va en aumento. Dejan sobre su mesa de campaña despachos que llegan de Portugal y de Flandes. Ni siquiera se acerca para hojearlos. Medita con melancolía, esa melancolía que le viene de su sangre portuguesa, en el triste destino de quien dispone de las vidas ajenas y nada puede hacer para que el dictado de sus afectos desvíe la fatal trayectoria que le impone su destino de monarca. Tiene treinta y seis años y ya la vida ha comenzado a pesarle. A su lucidez sin sosiego aúna un alma de caballero andante, soñador de quimeras inasibles. El sol de otoño deja sobre las telas y los paños con las insignias imperiales un halo cobrizo y tibio que les da un aire intemporal y señero. Una mano en la empuñadura de la espada y la otra acariciando distraídamente el Toisón de Oro que perteneció a su abuelo el Temerario, Carlos de Europa se pierde en la ansiedad de sus dudas y en el aciago laberinto de sus certezas. Hay un ruido de pasos, un tintineo de armas y el césar mira fijamente al marqués de Lombay que se acerca con las ropas manchadas de sangre y en el rostro un gesto de dolor insondable. Informa sobre lo sucedido: Muey cayó, finalmente, pero en sus muros dejó la vida Garcilaso de la Vega, quien expiró en brazos del marqués sin haber recobrado el conocimiento. Varios caballeros se acercan a escuchar el relato. Carlos permanece en una extraña rigidez, en una inmovilidad de bestia acosada. Su labio inferior tiembla ligeramente. Por fin, alza la mano derecha; se la lleva a la frente, luego al hombro izquierdo, luego al derecho y la deja un instante sobre el corazón. Los presentes imitan el gesto del monarca. Carlos pronuncia con su voz en tonos bajos, que tratan de disimular la emoción, estas palabras de cristiano y de amigo: «Dios guarde a su vera tan buen caballero». Cumplido adiós para el más alto poeta de España.


Novedades, México, D.F., 10/09/1982


***



Álvaro Mutis



Una palabra


Cuando de repente en mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada,

una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la magia recién iniciada,

que se levanta como un grito inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes,

entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta,

una palabra y se incicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades,

hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras,

húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.

Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo pavor

que llena la vida con su aliento de vinagre—rancio vinagre que corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer.

Y tampoco es esto todo.

Hay también las conquistas de calurosas regiones donde los insectos vigilan la copulación de los guardianes del sembrado que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias y opacos reptiles de blanca y rica piel.

¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo

para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de vigilia!

Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.

Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un florido písamo centenario,

entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno

de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.


Sólo una palabra.

Una palabra y se inicia la danza

de una fértil miseria.


***


Cada poema


Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mátiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.


***


Amén


Que te acoja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno de una furiosa adolescencia,

al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.


***

Álvaro Mutis:

Summa de Maqrol el Gaviero

Poesía, 1948-1997.

Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1997.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega