lunes, 3 de agosto de 2026

Los domingos de Maigret


-Manuel Cabesa- 


(A la mystérieusse ... y los amigos de Libertad Bajo Palabra)



No imagino cómo podrá pasar sus domingos el Comisario Maigret, cada vez que uno abre cualquiera de los libros donde aparece siempre está trabajando; incluso en vacaciones como pasó en la novela "Las vacaciones de Maigret", precisamente.

Recuerdo que a principios de los 70, las novelas de George Simenon se vendían en los quioscos de periódicos; allí uno las podía ver con sus feas tapas ilustradas con colores desvaídos junto a don Marcial Lafuente, Corín Tellado y Agatha Christie. 

A finales de los 80 el panorama cambió para el Comisario y la tía Agatha también: los grandes consorcios editoriales decidieron rescatar a Maigret y a Hercule Poirot (ojo: no me me comí la "s" del nombre; originalmente se escribe sin ella y se pronuncia "Hercúl" porque es de nacionalidad belga pero los chavales de la editorial Molino decidieron castellanizarlo y llamarlo como al héroe de la antigüedad) y darles una oportunidad en el gran mercado de novedades, empezando por Tusquets que modernizó las caratulas y para la primera entrega de la serie Maigret le pidieron nada más que a García Márquez el prólogo y como era de esperarse el susodicho prólogo resultó tan bueno como la historia que antecede: "El hombre de la calle".

El asunto fue que al Comisario no le aumentaron el sueldo como pedían Álvaro Mutis y Julio Cortázar, sino que fue a los lectores a quienes le subieron el precio y de pagar unas pocas monedas en los quioscos pasamos a la vitrina de las librerías pagando con un ojo de la cara las exquisitas ediciones. 

Como sabe cualquier lector medianamente informado Simenon no es Proust, ni Alain Robbe-Grillet, sino un artesano que manejaba con extraordinario tino los recursos de la intriga. En sus novelas casi no pasa nada, sin embargo son difíciles de abandonar una vez que se comienza la lectura. El esquema es casi siempre el mismo: desde el principio creemos saber la identidad del presunto criminal y solo acompañamos a Maigret en su persecución y paciente acoso durante magras cien páginas hasta que el criminal se cansa y confiesa o algún detalle devela sus oscuras motivaciones. 

Álvaro Mutis decía que leer una aventura del Comisario Maigret era como tomarse un refrescante whisky con hielo y soda pues después del primero siempre provoca uno más; y a esta adicción se han referido también muchos otros autores desde André Gide a Antonio Muñoz Molina.


Manuel Vázquez Montalbán


No sé si es una extraña casualidad pero en el grupo de wasap del Taller Literario Libertad Bajo Palabra hemos estado compartiendo los domingos la reseña que publica el portal digital Zenda de la nueva colección de Maigret publicada este año por Editorial DeBolsillo y la novela correspondiente en pdf, por lo que he incluido a Simenon esta temporada en el menú de lecturas dominicales.

No leía una historia de Maigret desde 2023 y en esta nueva relación noto algunos detalles que me gustaría comentar. Por ejemplo, en "Las memorias de Maigret", única novela de la serie escrita en primera persona y desde la perspectiva del protagonista, vemos como el autor se adelanta (el libro es de 1951) a los juegos metaliterarios que se pusieron de moda muchos años después, ya que aquí aparece el propio Simenon como uno de los personajes no siendo el más estimado, precisamente. Este recurso lo veremos años después en las novelas de Osvaldo Soriano ("Triste, solitario y final", 1973), Manuel Scorza ("La danza inmóvil", 1983) y Luis Goytisolo ("Indagaciones y conjeturas de Claudio Mendoza", 2011), entre otros. 

"La cabeza de un hombre" (1931) es considerada como una de las mejores de la serie y allí el autor sigue el modelo de Dostoievsky, según nos informa Manuel Vázquez Montalbán, cuyo detective Pepe Carvalho tiene con Maigret muchas cosas en común:

"El tema de la novela de Simenon es el mismo que el de 'Crimen y castigo' y el protagonista sigue el mismo recorrido de autodelación que Raskalnikov, esta vez ante un Maigret especialmente dotado para seguir su proceso interior. Todo lo que en Dostoievsky es enjundiosa afirmación de tesis, se convierte en la obra de Simenon en una impresionante lección de psicología: para Simenon su criatura, y por lo tanto Raskolnikov, es un hombre con horror al anonimato que convierte el crimen en los tacones postizos que le permitirán ver más allá de la tapia".


Patricia Highsmith


Ahora bien, más que la relación con la novela de Dostoievsky lo que me llamó la atención de esta historia fue la descripción de la conducta y motivaciones del criminal una vez que se ha confesado con Maigret: su inteligencia y su modo de actuar me recordaron a otro personaje celebre de la novela negra: el Tom Ripley imaginado por Patricia Highsmith para "El talento de Ripley" (1955): inescrupuloso arribista rodeado de gente adinerada a quienes timar. Pero no sólo eso, el desencadenante que lleva al criminal de Simenon a cometer su delito es demasiado parecido al argumento de "Extraños en un tren" (1951) la primera novela de la misma Highsmith. 

No sé porqué, pero presiento que la joven Patricia leyó la breve novela de este popular autor que de alguna manera terminó por influir en su futura carrera. 

Casos se han visto, forman parte de la historia de la literatura.

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Rafael Ortega