domingo, 16 de agosto de 2026

Los domingos de Maigret / 2

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


El pasado domingo en la tarde comencé la lectura de Maigret y los ancianos (1960), siguiendo con el plan de dedicarle este día del Señor a la lectura de una novela de las tantas que escribió Georges Simenon con las investigaciones del afamado Comisario.

Desde el principio nada fuera de lo común: un asesinato y la habitual parsimonia de Maigret para hallar el móvil y al asesino (si es que hay tales), y a las pocas páginas una sorpresa: una historia de amor escondida entre telones que promete ser más interesante que la historia principal. 

La historia principal: en su despacho aparece el cuerpo fenecido violentamente de un antiguo diplomático sin que hayan razones aparentes para que su vida terminara de esa forma: anciano jubilado, estimado por todos y conectado con la nobleza. Ante este misterio la misma Secretaría de Asuntos Extranjeros solicita la presencia del Comisario. 

¿Quién fue y por qué? Se puede averiguar leyendo el libro. Más importante fue descubrir que el difunto embajador mantuvo con una dama de la nobleza una historia de amor durante cincuenta años sin que nunca durante ese tiempo estuvieran ni siquiera cerca.

Por razones de conveniencia familiar, la joven dama tuvo que casarse con el príncipe V. y dejar de lado su amor por el conde de Saint-Hillaire, el ex-embajador asesinado; éste, como todo un caballero, promete guardar distancia y el debido respeto y a partir de ahí comienzan un epistolario que se mantendrá hasta el día de su muerte. 

Sin embargo, no se trata de un amor secreto: su marido, los hijos, sus amistades, los criados, el notario y ahora el Comisario Maigret están al tanto de que si el príncipe llegara a morir antes que la pareja, ellos después de cumplir con el luto reglamentario, terminarían por unirse al final de sus vidas. Lamentablemente, el príncipe ha muerto (accidentalmente, por cierto) casi el mismo día que asesinan al conde y a la princesa le toca llevar doble luto, por su marido y por su amado.

Ahora bien... ¿sacando que los años de espera no lograron consumarse en la unión del par de ancianos, la historia de la princesa V. y el conde de Saint-Hillaire no es casi igual a la de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera?

Como Florentino, a pesar de su amor por la princesa, el conde de Saint-Hillaire no se exime de tener relaciones con distintas mujeres en su país y en los diversos países en donde le toca ejercer su cartera, incluso con su asistenta de toda la vida; pero nada de esto es un secreto para la princesa, pues fielmente el embajador la mantiene al día en sus cartas. 

Ante tal revelación Maigret se extraña... a lo que ella responde:


"-¿Tampoco usted estaba celosa?

-De eso, no. Mi único miedo era encontrara una mujer capaz de ocupar mi puesto en su pensamiento".

(...)

"-Dígame lo que sepa, señor Maigret. Compréndame, durante cincuenta años me he acostumbrado a vivir en pensamiento con él".

Anteriormente, había arriesgado la hipótesis de que dos de las novelas de Patricia Highsmith podrían haber salido de unas pocas páginas de La cabeza de un hombre (1931), ahora el Gabo. 

No resulta extraño que García Márquez tome prestado un argumento para desarrollarlo a su manera. Es lo que sucede con Memorias de mis putas tristes en relación con  La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata; y con El general en su laberinto que es una versión ampliada del cuento El último rostro de su gran amigo Álvaro Mutis. 

Puesto a especular, desde hace tiempo me ha parecido que son muy notorias las "coincidencias" entre Cien años de soledad y Al este del edén de John Steinbeck: personajes, ambientes, entre otros detalles que quizás un día me ocupe de comparar. Otro tanto puede decirse de Crónica de una muerte anunciada y Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender.

Finalmente, el mismo Gabo se ha confesado admirador desde muy joven de las novelas de Simenon, según apunta en el prólogo de Un hombre en la calle, como dijimos en el artículo anterior. 

En ese sentido, Georges Simenon, autor de una infinidad de novelas populares sería lo que podríamos llamar "un escritor para escritores" aportando argumentos para que los desarrollen autores que sepan sacar provecho de su talento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los blogs se alimentan de palabras, gracias por dejar sus comentarios en este portal.
Un abrazo,
Rafael Ortega