lunes, 10 de agosto de 2026

Blanca Varela en el recuerdo

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)



El azar siempre dispone de un poeta para guiar a los jóvenes extraviados.

Blanca Varela

Ínsula 532-533, 1991


Fue en 1993, durante la celebración de la Semana de la Poesía organizada por la Fundación Pérez Bonalde cuando tuve la primera noticia sobre Blanca Varela. No conocía su poesía, y no la leería sino hasta algún tiempo después luego que Fundarte publicara un escueto volumen con una selección de sus poemas, en aquellos días era muy difícil conseguir un libro suyo en Caracas. 

Leerla fue un segundo deslumbramiento, el primero fue conocerla sin saber con quién hablaba. 

Me tocaba entonces colaborar en ese encuentro internacional trabajar como anfitrión en nombre de la Biblioteca Nacional y acompañar a los poetas que venían hasta la sede de la Plaza Panteón a conversar con los empleados de la institución y dejar registro de su voz para el Archivo de la Palabra. 

Grata encomienda que me permitió tratar con gente como Cinto Vitier, su esposa Fina García Marrúz, Jaime Jaramillo Escobar, David Huerta, entre los que asistieron a estas reuniones, pero también con Jotamario Arbeláez, Juan Sanchez Peláez a quien ya conocía desde joven y Saúl Yurkievich por quien sentía (y siento) gran admiración y resultó más bajito de lo que esperaba... pero esa es otra anécdota. 

Entre los invitados también estaba Blanca Varela, pero hasta el último día no supe distinguir su presencia. 

No recuerdo bien cómo ocurrió, pero ese día en algún momento ella preguntó si la podía acompañar hasta la sede del CorpBanca de la Plaza de La Castellana a cambiar el cheque de sus honorarios; le propuse que tomáramos un taxi para desandar el trayecto pero ella denegó la propuesta diciendo que prefería caminar, y así lo hicimos atravesando transversales desde el Hotel Altamira hasta la sede del banco, tomados del brazo como madre e hijo.

Era una dama elegante, de altivos rasgos, cubierta con un chal y con esa entonación particular del habla peruana. En el banco tuvo a bien esperar sentada mientras yo hacía la cola en la taquilla y una vez realizada la transacción regresamos por la misma ruta al hotel. 

Una vez allí, me despedí dando por terminada mi labor, pero ella insistió en que la acompañara a almorzar.

Aquí debo decir: tengo a Blanca Varela como una de las voces femeninas más importantes de la poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, junto a Olga Orozco, Alejandra Pizarnik y Cristina Peri-Rossi... pero ese día aún no estaba consciente de a quién acompañaba.

Durante de la comida hablamos sobre todo de poesía peruana, especialmente de Antonio Cisneros, Javier Heraud y César Moro, autores que yo había leído con devoción.

En algún momento salió a relucir el nombre de Octavio Paz y ella muy amablemente me comentó que Paz era su compadre pues había bautizado su primer hijo, a partir de ese momento la conversación giró en torno a él ya que no podía dejar de preguntar por su personalidad. 

Lejos estaba yo de saber que había sido Paz quien estimulara la publicación de su primer libro Ese puerto existe (1959) y era el presentador de dicho volumen con una breve nota que también está incluida entre los ensayos de Puertas al campo que sí había leído pero que en ese momento no recordaba.

En esa nota Octavio Paz recuerda sobre ella: “Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural. Es un poeta que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga con su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia" (“Destiempos, de Blanca Varela”; y Puertas al campo, 1965).

Lamento extenderme en este recuerdo, pero hoy, que celebramos el centenario de su nacimiento, me ha sido imposible evitarlo. 

Hubo durante esa comida un momento que considero especial: frente a nosotros, en el jardín del hotel, estaba un pequeño grupo conformado por Juan Sánchez Peláez y su esposa Malena, José Barroeta, Jotamario Arbeláez y otros cuyos rostros se me escapan compartiendo los tragos de la sobremesa. Nosotros, aparte, con los nuestros en las manos, observábamos la algarabía; entonces la poeta con una voz muy dulce dijo:


-Fíjate, eso es el amor. Mira como Malena diluye el hielo para que Juan no se embriague tanto y disfrute del encuentro. 


Aquellas palabras y su voz me conmocionaron.

Hay poetas que más allá de su obra nos dejan una lección. Blanca Varela, una de las voces más altas de la poesía latinoamericana, resultaba ser una persona de gran sencillez, sin afectaciones, compartiendo con un joven desconocido que no había leído su obra, de manera plácida, amable como buenos amigos que se reencuentran luego de un tiempo. 

Si algo debo a la poesía son estas enseñanzas de manos de algunos autores que el azar puso en mi camino brevemente: Álvaro Mutis, Jesús Díaz, David Huerta, Mempo Giardinelli, Blanca Varela, entre los que recuerdo en este momento. 

Para ellos el ingenio no está reñido con la cortesía y la modestia.


10 de agosto de 2026

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Rafael Ortega