jueves, 9 de julio de 2026

Palabras bajo libertad (XVII / 2026)


Palabras que son flores que son frutos que son actos... 

Octavio Paz: La estación violenta.


Edición y nota:

Manuel Cabesa


***


El 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México sufrió un terremoto devastador que colmó de luto a todo el país y al resto del mundo. Meses después de la tragedia, el poeta mexicano José Emilio Pacheco escribió una larga y dolorosa elegía que fue inicialmente publicada en la revista Proceso y luego incluida en su libro Miro la tierra. Lo compartimos hoy, como compartimos el duelo que embarga a muchos hogares venezolanos.


(mcabesa)


***


I. Las ruinas de México

(Elegía del retorno)



1.


Absurda es la materia que se desploma,

la penetrada de vacío, la hueca

No: la materia no se destruye,

la forma que le damos se pulveriza,

nuestras obras se hacen añicos


La tierra gira sostenida en el fuego

Duerme en un polvorín

Trae en su interior una hoguera,

un infierno sólido

que de repente se transforma en abismo


La piedra de lo profundo late en su sima

Al despetrificarse rompe su pacto

con la inmovilidad y se transforma

en el ariete de la muerte


De adentro viene el golpe, la cabalgata sombría,

la estampida de lo invisible, explosión

de lo que suponemos inmóvil

y bulle siempre


Sopla de abajo el viento de la muerte,

el estremecimiento de la muerte

Sale la tierra de sus goznes de muerte

Como secreto humo asciende la muerte

De su profunda jaula escapa la muerte

De lo más negro y hondo brota la muerte


El día se vuelve noche,

el polvo es el sol

y el estruendo lo llena todo

Y de repente lo más firme se quiebra,

se vuelve movedizo el concreto armado,

como hoja de papel se rasga el asfalto


La casa que era defensa contra la noche y el frío,

la violencia de la intemperie,

el desamor, el hambre y la sed

se transforma en cadalso y tumba


Sus habitantes quedan prisioneros,

sepultados en vida por la muerte,

sin otra compañía más que la asfixia


Sube el infierno a repartir la muerte

El Vesubio estalla por dentro

La bomba asciende en vez de caer

Brota el rayo del centro de la tierra

Cosmos es caos pero no lo sabíamos

o no pudimos entenderlo


El planeta al girar desciende

en abismos de fuego helado

¿Gira la tierra o cae? ¿Es la caída

infinita el destino de la materia?


Somos naturaleza y materia y sueño

y por tanto

somos lo que desciende siempre:

polvo en el aire.


2.


De aquella parte de la ciudad que por derecho

de nacimiento, crecimiento, odio y amor

puedo llamar la mía (a sabiendas

de que nada es de nadie)

no queda piedra sobre piedra


Esa que allí no ves, que no está

ni volverá a alzarse nunca

fue en otro mundo la casa

donde nací


La avenida que pueblan damnificados

me enseñó a caminar 

Jugué en el parque

hoy repleto de tiendas de campaña


Terminó mi pasado

Las ruinas se desploman en mi interior

Siempre hay más, siempre hay más

La caída no toca fondo


3.


Para talar un árbol de cierta edad

no comiences nunca

por el durísimo tronco:

primero corta las raíces,

el cordón que ata al árbol con la tierra,

madre, sustento y memoria


Para que exista el árbol ha de haber tierra

Para vivir necesitamos memoria,

raíz, cordón (sentimental, material)

es decir, todo aquello

que derribó el inmenso hachazo en segundos


4.


A los amigos que no volveré a ver,

a la desconocida que salió a las seis

de la colonia Granjas-Esmeralda o de Neza

para ir a su trabajo de costurera o mesera;

a la que iba a la escuela para aprender

computación o inglés en seis meses,

quiero pedir disculpas por su vida y su muerte


Ruego que me perdonen porque nunca encontraron

su rostro verdadero en el cuerpo de tantos

que ahora se deshacen en la fosa común

y dentro de nosotros siguen muriendo


Muerto que no conozco, mujer desnuda

sin más cara que el yeso funeral,

el sudario de los escombros, la última

cortesía del infinito desplome;

tú, el enterrado en vida; tú, mutilada;

tú que sobreviviste para mirar

primero la caída y poco después

la intolerable asfixia: perdón


No pude darles nada

Mi solidaridad de qué sirve

No aparta escombros, no sostiene las casas

ni las erige de nuevo


No puedo darles nada

Pido, al contrario,

para salir de mis tinieblas, la mano imposible

que ya no existe o ya no puede aferrar

pero se extiende todavía

en un espacio del dolor o un confín de la nada


Perdón por estar aquí contemplando,

en donde estuvo un edificio,

el hueco profundo,

el agujero de mi propia muerte


5.


La tierra desconoce la piedad

El incendio del bosque o el suplicio

de un pobre insecto bocarriba que muere

de hambre y de sol durante muchos días

son insignificantes para ella

—como nuestras catástrofes


La tierra desconoce la piedad

Sólo quiere

permanecer transformándose


6.


Sólo cuando nos falta se aprecia el aire

Sólo cuando quedamos como el pez atrapados

en la red de la asfixia


No hay agujeros

para volver al mar que fue el oxígeno

en que nos desplazamos y fuimos libres


El doble peso del horror y el terror nos ha puesto

fuera del agua de la vida


Sólo en el confinamiento entendemos

que vivir es tener espacio Hubo un tiempo

feliz en que podíamos movernos,

salir, entrar y ponernos de pie o sentarnos


Ahora todo encogió, cerró

el mundo sus accesos y ventanas

Ahora entendemos lo que significa

una expresión terrible: sepultados en vida


7.


Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos

del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte

Ahora que está aquí ya no hay palabras

capaces de expresar qué significan

el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte


8.


Secamos toda el agua de la ciudad, destruimos

por usura los campos y los árboles


En vez de tierra a nuestras plantas quedó

un sepulcro de fango árido

y rencoroso, malignamente incapaz

de amparar lo que sostenía


La ciudad ya estaba herida de muerte

El terremoto vino a consumar

cuatro siglos de lentas destrucciones


9.


Entre las grandes lozas despedazadas, los muros

hechos añicos, los pilares, los hierros,

de pronto vi intacta, ilesa

la materia más frágil de este mundo:

una tela de araña


10.


Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje

Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,

anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—

que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto

a detener la muerte con la sangre

de sus manos y de sus lágrimas;

con la conciencia

de que el otro soy yo, yo soy el otro,

y tu dolor, mi prójimo lejano,

es mi más hondo sufrimiento


Para todos ustedes, acción de gracias perenne

Porque si el mundo no se vino abajo

en su integridad sobre México

fue porque lo asumieron

en sus espaldas ustedes


Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales,

honor del género humano, único orgullo

de lo que sigue en pie sólo por ustedes

Reciba en cambio el odio, también eterno, el ladrón,

el saqueador, el indiferente, el despótico,

el que se preocupó de su oro y no de su gente,

el que cobró por rescatar los cuerpos,

el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros

donde resonarán por siempre los gritos

de quince mil millones de muertos


11.


Las fotos más atroces de la catástrofe

no son las de los muertos

Hemos visto ya demasiadas

Este es el siglo de los muertos

Nunca hubo tantos muertos sobre la tierra


¿Qué es un periódico

sino un recuento de muertos

y objetos de consumo para gastar

la vida y el dinero y ocultarnos en ellos

contra la omnipotencia de la muerte?


No: las fotos más atroces de la catástrofe

son esos cuadros en color donde aparecen muñecas

indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,

entre las ruinas que aún oprimen

los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida

de la carne que es como hierba

(ya fue cortada)


Invulnerabilidad de los plásticos,

indestructibles sin duda,

pero que en este caso tuvieron hombre

y existencia de alguna forma


Acompañaron, consolaron, representaron la dicha

de aquellas niñas que sin saberlo nacieron

para ver su futuro desplomándose

en el fragor de este fin del mundo


12.


Del edificio que destripó en su furia inconsciente

al embestir el toro de la muerte

brotan varillas como raíces deformadas


Sollozan hacia dentro

por no ser vegetales,

capaces de hundirse en tierra y renacer,

a fuerza de paciencia reconstruirse

y levantar lo caído


Raíces inorgánicas esas varillas

que nada más soportan

su irremediable vergüenza


Se dejaron vencer por un doble peso:

la corrupción y la catástrofe

No son nudosidades de árbol caído:

son flechas

que apuntan a la cara de los culpables


13.


El lugar de lo que fue casa lo ocupa ahora

un hoyo negro (y representa al país entero)


Al fondo de ese precario abismo yacen

escombros y basura y algo brillante

en la viscosa noche sin piedad que nos cayó encima


Me acerco a ver qué arde amargamente en el fondo

y descubro mi propia calavera


14.


Hay terror en la luna que brilla plena entre escombros

Porque la luna es un desierto redondo, un espejo

de lo que nuestra tierra será algún día


Ni árbol ni pájaro

Continentes de arena helada, mares sin agua

Rocas toda mudez, toda ceguera

Sólo silencio


Sólo silencio que por fin ha anulado,

innumerable, el gran clamor de los muertos


15.


No he vuelto a ver gorriones,

los ocelados sin ley ni hogar ni futuro

que eran los dueños de la calle, los amos

de los árboles moribundos

y las cornisas en ruinas


No he vuelto a ver gorriones ni palomas

Hoy esta es la ciudad de las moscas azules

Enjambran, tejen, amotinan, deslíen

su recocó zumbante las moscas azules

en su traje de luces que un día también

será bordado en mi taller de tinieblas


Minueto, rumba, vals de circo o marcha guerrera,

vibra la danza de las moscas azules

en esta que es ahora la ciudad de los muertos


Ángeles condenados al subsuelo y hoy al escombro

abejas poderosas: todas son reinas


Qué democracia la de esas moscas azules

Qué poderío el de las incansables que retan

con el color y el zumbido


Qué saber y gobierno de las moscas azules,

las dueñas y señoras de este valle de México


La dictadura de las moscas azules,

omnipotentes victoriosas, vencedoras soberbias,

la siempre invicta fuerza aérea implacable,

el orgullo más grande y más humilde

entre las huestes de la muerte


Ellas no tienen miedo de la noche de México

Son las nuevas luciérnagas Se adueñan

de las tinieblas y las hienden brillando


Sólo las moscas

reinan entre el estrago y se adueñan de todo

Las flores del desastre, las pregoneras

de los muertos que hay en el aire


La hija de la muerte se va a morir también

Patalea la mosca azul agonizante que expira ahíta

del cadáver en que nació

Ha devorado

todo su capital pero también ha cumplido

con su deber y su ética


Nació para ultimarnos, para limpiar

el mundo de la carroña que finalmente somos


No hay mosca azul para la mosca azul

El triunfo de la muerte beneficia por último

a las dueñas del mundo: las hormigas


16.


El niño que se aburre en el jardín avizora

la columna de hormigas. Van al trabajo

e intercambian informaciones


Qué gran esfuerzo

llevar a cuestas su brizna o su fragmento de mosca


Qué ordenado parece desde allá arriba

este mundo de hormigas (en su interior

ha de ser como otro cualquiera

y bullir en discordia, tedio, ansiedades,

aguda conciencia

de la mortalidad de todo y todos)


En la visión del niño estas hormigas

semejan partes de un reloj Y él va a romperlo


Como una forma de poder imbatible

el niño aplasta

las casas, las columnas, las galerías


Gran cataclismo para ellas Y a unos centímetros

el mundo sigue igual. Crecen las hojas,

el árbol se endurece en su quietud

cae el polvo en la luz, el tiempo gira

—y la ciudad de hormigas ya no existe,

ya sólo es un montón de ruinas dolientes

y diminutos seres que padecen

su agonía entre escombros

El niño, concluida su labor,

se dispone a algún otro juego


17.


Esta ciudad no tiene historia,

sólo martirologio


El país del dolor,

la capital del sufrimiento,

el centro deshecho,

el núcleo del desastre interminable


Jamás aprenderemos a vivir

en la epopeya del estrago


Nunca será posible aceptar lo ocurrido,

hacer un pacto con el sismo, decir:

“lo que pasó pasó y es mejor olvidarlo;

pudo haber sido peor, después de todo

no son tantos los muertos”


Pero nadie se traga estas cuentas alegres

Nadie cree en el olvido

Estaremos de luto para siempre

Y los muertos

no morirán mientras tengamos vida.


José Emilio Pacheco 

Miro la tierra, 1987

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Rafael Ortega