jueves, 23 de julio de 2026

Microrrelatos (II) | Rafael Ortega

 


Título: Bailarina por naturaleza (2026)

Autor: Rafael Ortega 



Del libro inédito Fábulas infames y otros relatos absurdos 


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El hombre que no sabía morir


Cada mañana, frente al espejo, ensayaba los gestos que mostraría con orgullo su cadáver. Hasta que una noche lo sorprendió un infarto. Sólo entonces entendió que la muerte es una interrupción molesta de la rutina.


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Relatos absurdos


El tipo del tercer piso llevaba años escribiendo una enciclopedia para demostrar que la lógica era una invención de la gente sin imaginación. La noche que dio por terminado el último volumen, el libro cobró sentido, se levantó de la mesa y se marchó del apartamento acusándolo de incoherente.


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Herencia burocrática


Quedar atrapado en la cola del Banco de Venezuela no fue una decisión, fue un estado del ser. Las horas se disolvieron en días; los días en décadas. La fila se convirtió en su isla desierta y su silla plegable en un trono de paciencia. Con destreza de náufrago urbano, aprendió a cazar las palomas que entraban por la ventana y a encender fuego frotando recibos viejos y tarjetas de débito caducadas.

Cuando por fin sonó su número y avanzó hasta la taquilla, su barba era una cascada blanca que tocaba el mostrador. El funcionario, sin levantar la vista del monitor, ajustó sus anteojos y sentenció:


-Señor, la planilla para este trámite expiró el siglo pasado. Y, por cierto, nos debe cincuenta años en comisiones por uso indebido de las instalaciones.


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La metamorfosis del mendigo de versos


El Poeta no tenía sombra, sino un pequeño demonio con alas de zamuro que le dictaba al oído. Tenía, además, una terrible bendición: sus ojos, robados a un ángel despistado en un bar de mala muerte, le hacían ver la belleza absoluta en el horror. Veía una sinfonía celestial en una rata agonizante y un milagro divino en el moho del pan.

Un día, la Muerte lo detuvo en un cruce de caminos.


-Tu senda es miserable -le dijo la Muerte con lástima-. Te estás desgastando las botas, comes sobras y nadie recuerda tu nombre. El camino del poeta no vale la pena.


-Tiene toda la razón, señora -respondió el Poeta, sonriendo con sus incisivos afilados de demonio-. Es un trayecto absurdo, hambriento y ridículo.


Sin decir más, el Poeta se quitó los ojos celestiales, los arrojó al lodo y siguió caminando a ciegas hacia el abismo, cantando una melodía espantosa.

La Muerte, curiosa, se agachó y recogió las dos pupilas impías. Al ponérselas, vio cómo del barro donde el Poeta había pisado brotaban orquídeas de luz y galaxias de polvo doradas.

Entonces la Muerte comprendió: el caminante era una criatura despreciable y prescindible, pero el camino... el camino de la poesía valía cada infame paso.


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Relato de un náufrago urbano



Tras el aguacero de mayo, el asfalto de la avenida Aragua se volvió líquido -densamente marino- solo para él. Atrapado en la isla, rodeado por una marea de autobuses que rugían como tiburones de metal, se aferró a su maletín a modo de balsa. El agua sucia le llegaba a las rodillas. A pocos metros, en la acera, los peatones caminaban en perfecta sequedad, ignorando sus gritos de auxilio con la indiferencia de quien evade a un loco. Mientras calculaba cuántos minutos de flotación le quedaban antes de ser devorado por el transporte público, contempló con horror el fondo del océano: el cuero de sus zapatos nuevos se estaba agrietando sin remedio. Morir ahogado en la vía le pareció una molestia aceptable, pero perder las doce cuotas que aún le debía al zapatero fue la verdadera tragedia de la tarde.


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La rebelión de la platabanda


El corte eléctrico ocurrió a las ocho en punto, sumergiendo al barrio Santa Rosa en una penumbra densa y calurosa. Pero esa noche el aire venía distinto: cargado de una electricidad traviesa.

Aprovechando que la oscuridad disolvía los contornos, las sombras decidieron emanciparse. Cansadas de ser el reflejo servil de cuerpos agotados, despegaron los talones del piso. La del profesor Leonardo, aburrida de una vida encorvada entre libros, cruzó la calle reptando para buscar aires nuevos; otras se adosaron a cuerpos ajenos solo por probar posturas distintas. Pero la mayoría prefirió el descontrol: en la platabanda del vecino del fondo, decenas de siluetas se reunieron en una fiesta clandestina para bailar reguetón y salsa baúl sin proyectar un solo ruido.

A las seis de la mañana, cuando la luz regresó de golpe y el sol despuntó en el horizonte, la estampida de sombras en retirada fue un caos. Desorientadas por la prisa, muchas se pegaron al primer cuerpo que encontraron, pero el verdadero problema ocurrió en lo alto de la casa.

En la platabanda quedaron pegadas, como un grafiti nocturno, las sombras de los tres mejores bailarines de Santa Rosa, que se negaron rotundamente a despegarse del cemento. Desde entonces, sus antiguos dueños caminan bajo el sol del mediodía completamente traslúcidos, mientras el vecino cobra entrada los fines de semana para que la gente vea cómo tres siluetas oscuras siguen tirando paso sobre el techo caliente.


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La cédula


Llevaba cuatro horas bajo la luz fluorescente de la Oficina Nacional de Identificación y Extranjería cuando por fin llamaron su número. El funcionario, un hombre con bigote gris y ojos extinguidos por el tedio, tecleó su número de cédula sin mirarlo.


-Usted no puede renovar nada, señor- dijo el funcionario, ajustándose los lentes-. Según el sistema, usted falleció el 12 de marzo de hace dos años.


-¿Cómo que fallecí? ¡Estoy aquí de pie!- protestó, golpeando levemente el mostrador con los nudillos-. Toco la madera, respiro el aire viciado de esta sala, me duelen las piernas de hacer la cola. ¡Estoy vivo!


El funcionario suspiró con la paciencia de quien ha visto a demasiados muertos obstinados.


-Señor, el sistema no se equivoca. Aquí consta: paro cardiorrespiratorio, Hospital Central de Maracay, 14:35 horas. Si usted está aquí, es un error administrativo o una suplantación. Pase al módulo 4 para apelaciones de defunción.


Durante las siguientes dos horas, el hombre fue de taquilla en taquilla. Presentó su licencia de conducir, la tarjeta del banco, una factura de luz a su nombre y hasta la cicatriz de su apendicitis. Nadie se inmutó. Para la señorita de la casilla 8, un sello rojo valía más que cualquier pulso.

Frustrado, pellizcó su propio brazo para sentir el dolor, pero no sintió nada. Extrañado, se llevó la mano al cuello, buscando la yugular. Bajo sus dedos, la piel estaba fría y el silencio en su pecho era absoluto.

Entonces recordó el autobús que nunca llegó a su destino aquel lluvioso 12 de marzo, la luz blanca al final del túnel que confundió con los faros de un camión, y la extraña razón por la que en los últimos dos años nadie, absolutamente nadie, lo había vuelto a llamar por su nombre.

El hombre miró sus manos pálidas, dio un paso atrás y se disculpó con el funcionario.


-Tiene razón- murmuró-. Disculpe la molestia.


Y se fue flotando, en silencio, directo a la salida.


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La máquina de la empatía


El profesor inventó el Empatómetro, un casco de cobre diseñado para que cualquiera pudiera sentir exactamente lo que padecía su prójimo. Seguro de haber hallado la cura definitiva para la crueldad humana, instaló un puesto en la plaza Bolívar.

El primer cliente fue un hombre amargado que se quejaba de que su esposa jamás valoraba el cansancio de sus jornadas. Se colocó el casco, pero en lugar de sintonizar la mente de su mujer, presionó el botón de reinicio y ajustó los cables para que la máquina proyectara sus propios pensamientos hacia el altavoz de la plaza a máximo volumen.

En menos de una hora, la fila para usar el invento le daba tres vueltas a la manzana. Ninguno de los presentes quería ponerse los receptores para sentir al otro; todos hacían cola, con los puños levantados, peleándose por el micrófono para obligar al resto de la gente a escuchar sus propios dolores.

El inventor vendió el aparato a una fábrica de megáfonos y se retiró a vivir solo en la cima de un cerro.


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La sazón del chisme


El budare de hierro fundido de la doña no respondía a la llama del gas ni al calor de la leña: solo calentaba al contacto con el chisme fresco. Si la masa tocaba el hierro en medio del silencio, la arepa se pegaba irremediablemente o quedaba cruda por dentro; pero apenas doña Chepina empezaba a contarle que al hijo del vecino lo habían visto bajando de un taxi a medianoche con una mesonera, el metal chisporroteaba complacido y doraba la concha a la perfección.

Durante tres décadas, en esa cocina no se preparó un solo desayuno sin la correspondiente crónica de la cuadra. El budare sabía de divorcios antes que los juzgados, de embargos antes que los bancos y de romances clandestinos antes de que los involucrados los aceptaran. Las arepas salían abombadas, crujientes y humeantes, sazonadas por la revelación de quién no había pagado el aseo o cuál vecina usaba tinte prestado.

El problema sobrevino el año en que la calle quedó vacía. Los vecinos se fueron mudando, los muchachos emigraron y las casas de al lado cerraron sus puertas. Una mañana, doña Chepina puso el budare al fuego y, al no tener ninguna novedad que contarle, intentó engañarlo inventando una historia sobre la panadera. Pero el hierro, sabio y curado por los años, no se dejó burlar: la arepa se volvió carbón en segundos.

Al día siguiente, doña Chepina no dijo una sola palabra. El budare se enfrió de golpe, soltó una última costra de tizne sobre el Buda de yeso de la repisa y se volvió un pedazo de hierro inerte. Dicen que desde entonces se puede calentar al fuego más vivo, pero ninguna arepa vuelve a despegarse de su superficie.


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El purgatorio en vibración


Don Edecio llevaba tres días intentando cruzar el túnel de luz hacia el descanso eterno. La brisa celestial ya le acariciaba el rostro cuando, en el borde exacto entre la vida y la ultratumba, su bolsillo espiritual vibró violentamente.


"(10:42 p.m.) Doña Marta: Por favor, el del carro gris que apague la alarma o llamo a la policía".


El tirón magnético del Ding lo regresó de golpe a la sala de su antiguo departamento. Edecio no había muerto por un paro cardíaco, sino por un colapso nervioso tras leer cuatrocientos mensajes sobre la reparación del ascensor. Lo trágico era que, al no haber entregado el cargo de administrador antes de fallecer, nadie podía eliminar su número del grupo Residencias El Paraíso - OFICIAL (NO MEMES).


Cada notificación del teléfono era un ancla que lo devolvía al plano terrenal.


A las dos de la mañana, cuando volvió a encaminarse hacia la paz eterna, una ráfaga de doce stickers de "Buenos días con café" enviados por la señora Coromoto lo estrelló contra el techo de la cocina. Desesperado, Edecio intentó enviar un mensaje espectral: "Por favor, estoy muerto, déjenme ir". Pero la administradora suplente solo respondió: "Vecino, recuerde que este chat no es para temas personales. Saludos".


Dicen que desde entonces, a medianoche, si escuchas con atención cerca del tablero eléctrico, se oye un lamento espectral: "¡Por favor, pongan el chat en silencio!".


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La herradura de la suerte


Jesús María llevaba tres días escuchando el galope sordo rondar su dormitorio. No era supersticioso, pero cuando se miró al espejo por la mañana y vio aquellas dos marcas lívidas, hundidas y oscuras bajo sus ojos, comprendió que el jinete ya había desmontado frente a su casa.

Allí estaban, impecables: dos marcas perfectas en forma de U.


-Una herradura de la muerte -susurró el médico, ajustándose los lentes con solemnidad profesional-. Lo siento, licenciado. La parca ha dejado su firma. Es cuestión de horas.


Jesús María, que siempre había sido un optimista incorregible, parpadeó con pesadez, admiró el contorno morado en el reflejo y sonrió mostrando los pocos dientes que le quedaban.


-¡Tonterías! -dijo con voz rasposa-. Todo el mundo sabe que las herraduras se cuelgan para atraer la buena fortuna.


Se acomodó en la cama, cerró los ojos esperanzado y esperó la llegada del milagro.

A la mañana siguiente, la Muerte tuvo que entrar a la fuerza porque nadie le abría la puerta. Encontró a Jesús María tieso, frío como el mármol, pero con una sonrisa de ganador de lotería estampada en el rostro. Colgado en la pared frente a su cama, un letrero escrito a mano decía: “Por favor, no molestar. Esperando la gracia divina”.

La Muerte suspiró, se retocó las ojeras frente al espejo y pensó que hay gente a la que verdaderamente no se le puede quitar la ilusión.


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Fábulas infames


Fiel a la tradición, la hormiga pasó la sequía cargando hojas pesadas y terrones de azúcar, ignorando las burlas de la chicharra que prefería cantar montada en una mata de mango. Cuando las lluvias de junio inundaron la avenida Bolívar, la hormiga se refugió en su madriguera, orgullosa de su previsión. Minutos después, el caucho de un autobús aplastó el hormiguero, sepultando sus certezas bajo tres toneladas de barro. Justo antes de que todo se volviera oscuro, la hormiga no lamentó perder la vida, sino el hecho de haberle regalado el azúcar que le quedaba en las patas al bachaco de la esquina. La chicharra, a salvo en las alturas, compuso de inmediato un sentido lamento folclórico sobre la tragedia del subsuelo. La canción se volvió un éxito viral en las plataformas digitales antes del amanecer, demostrando que el luto ajeno siempre ha sido más rentable que el trabajo duro.

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Rafael Ortega