viernes, 17 de julio de 2026

Luis Goytisolo y la crítica de la lectura

-Manuel Cabesa-


(A la mystérieusse)


Con la muerte de Luis Goytisolo, el pasado domingo 12 de julio, se cierra un ciclo que durante más de dos décadas (desde principios de los años 60 hasta mediados de los 80) dió para la historia de la literatura lo más portentoso y exigente de la novela iberoamericana. 

Hoy en día parece inconcebible que la narrativa de cualquier idioma se embarque en proyectos que exigen del lector una atención exclusiva, un poco de inteligencia y una variada cultura para enfrentar sus contenidos; libros como Paradiso; El obsceno pájaro de la noche; Terra nostra; Yo, el supremo; Abrapalabra ; Palinuro de México iban más allá de la simple anécdota para constituirse en una crítica del lenguaje, una reargumentación de la Historia y en sendos laberintos en cuyos pasillos el lector podía perderse tratando de hilvanar los hilos que entrelazaban la realidad con la ficción.

Creo que ahora sería difícil concebir proyectos de esta magnitud y enfrentarlos en medio de la presente subcultura donde la obra de un autor ha quedado reducida a apenas una frase (muchas veces apócrifa) compartida en las redes.

Dentro de la generación que giraba en torno al "Boom de la novela latinoamericana" podemos incluir la obra de los hermanos Juan y Luis Goytisolo. Ambos por vías diferenciadas se convirtieron en los renovadores y referentes de la novela al otro lado del Atlántico. 

Juan Goytisolo, desde el comienzo, siempre fue un autor prolífico y atado a las normas del realismo escribió una serie de historias dedicadas a desmitificar la burguesía durante la época del franquismo y a indagar en las contradicciones de las clases populares enfrentadas a la miseria y sus expreso deseo de arribismo social. 

En 1966, con la publicación de Señas de identidad rompe con el hilo umbilical del realismo y se lanza a la aventura de acabar con la imagen de la España sagrada a través de un lenguaje que en cada entrega se va alejando de la narración convencional para asumir el lenguaje aleatorio de la poesía: sus libros a partir de Señas...: Reivindicación del conde don Julián (1971), Juan sin Tierra (1975), hasta llegar a Makbara (1981) forman un todo donde los elementos dispersos del mestizaje ibérico se unen desmintiendo el mito de la raza incontaminada de la España imperial.

En cuanto a Luis, después de un triunfo temprano con Las afueras (Premio Biblioteca Breve, 1958) mantiene un prolongado silencio en medio del cual va llevando a cabo otra empresa novelística de gran complejidad, el ciclo Antagonía compuesto por cuatro novelas publicadas entre 1973 y 1981: Recuento, Las verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento, tetralogía solo comparable a El hombre sin atributos de Robert Musil o El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell; como éstas es el retrato de una época, una clase social, una ciudad; educación sentimental, política e intelectual de su principal protagonista y todavía más. 

Sobre ella ha escrito Ignacio Echeverría: "Ésta es, en no escasa medida, una novela sobre la formación de un escritor; ofrece un cuadro muy revelador de toda una sociedad, observada con extraordinaria perspicacia crítica; y entraña una sutil teoría del conocimiento basada en las reminiscencias que en la conciencia del sujeto despierta tanto el acto de leer como el de escribir" (Prólogo a Antagonía. Anagrama, 2012).

Leída en conjunto Antagonía, que a partir de 2012 se publica en un sólo volumen de unas 1500 páginas, resulta entonces, al mismo tiempo, un laboratorio donde el lector es testigo y participa del proceso y entramado creativo de la misma novela llena de reflexiones y disgreciones acerca de la creación como formulación de la vida y antídoto ante el horror de la Historia.

Sobre el inagotable ejercicio de lectura que supone una obra de esta dimensiones el propio Luis Goytisolo ha dicho:

"Decir que el lector completa con su lectura el significado de la obra es decir poco. Antes que eso, el lector hace que la obra exista. A diferencia de un cuadro, que tiene una existencia objetiva a partir del momento en que está terminado, una novela no leída es como una partitura no interpretada, con independencia de que su autor sea un desconocido o un Cervantes. Y no bien la obra arraiga en el público lector, es también la lectura lo que la mantiene viva. No se trata, por supuesto, de un favor que el lector esté haciendo al autor o a la obra, sino más bien de un trueque, de una especie de intercambio de energía, toda vez que, iniciada la lectura, el lector necesita imperiosamente acabarla..." (La parte del lector; El País 24/09/2001).

Se pregunta uno, ¿quedarán lectores dispuestos a realizar ese "trueque", esa "especie de intercambio" que la lectura de sus novelas requieren?

Para Daniel Capó: "los libros retroceden, la atención se fragmenta, los estudiantes ya no soportan una novela entera y la inteligencia artificial nos libra del esfuerzo de escribir". (La edad de la lectura; The Objetive.com, 15/07/2026)

Hemos perdido la capacidad de atención y con ello la capacidad de asumir verdaderos retos intelectuales. Lamentablemente.


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Rafael Ortega