viernes, 3 de julio de 2026

Entonces el dolor cambia de forma

-Noely Duarte-


 

Es impactante

cómo la vida puede cambiar en 37 segundos,

cómo años de historia,

recuerdos,

pueden esfumarse

en tan solo segundos,

y cómo el mundo,

nuestro mundo,

pasó a derrumbarse

en tan poco tiempo.


En la calle,

las miradas se miden

por lo que dicen los ojos:

algunos buscan consuelo,

otros buscan un nombre,

y otros solo anhelan

que haya sido un mal sueño

del cual ya desean despertar.


Todos aprendimos

a leer el temblor

como un idioma nuevo

y a cargar el dolor

como un peso

que no se va.

Los niños recogen

los pedazos de memorias

que parecen haberse detenido;

las abuelas reparten agua

con manos que aún tiemblan por dentro,

y el sol parece preguntarnos

por qué nuestro mundo ha cambiado de lugar.


Hay un apagón de certeza

que no se enciende

una geometría de grietas,

que dibuja nuestras noches,

y aun así

un hilo de aliento se

teje entre desconocidos:

un pañuelo para el llanto,

una manta para el frío,

la ofrenda mínima

que caben en dos manos temblorosas,

y un abrazo que calma el alma 

después de tanto caos.


No es solo la casa la que se desploma;

se cae la confianza 

de creer que todo seguirá igual,

se desploman los planos que escribimos

para vivir sin miedo,

Y aún tenemos miedo,

porque esto parece no acabar.

Y en medio de ese miedo,

la calle se vuelve refugio 

y herida

al mismo tiempo.

Se oyen voces que llaman,

pasos que regresan,

silencios que pesan

más que las palabras,

y corazones que se aprietan

ante lo que ya no está.


Quisiéramos tener manos grandes

para sostenerlo todo,

para levantar lo caído,

para borrar el susto

de los ojos ajenos,

pero a veces

solo podemos mirar

y sentir esa impotencia

que atraviesa el pecho

como un viento frío.


Hay casas

que quedaron en silencio,

como si guardaran todavía

el eco de quienes las habitaron.

Hay fotos cubiertas de polvo,

objetos partidos,

recuerdos

que ahora caben en las palmas de la mano

y duelen más por lo que fueron.

Sin embargo,

entre ruina y ruina,

aparece la dignidad de los que se ayudan

sin pedir nada.

Una voz llama a otra voz,

una mano encuentra otra mano,

y en ese gesto pequeño

se sostiene lo poco que todavía 

no se ha caído.


Entonces el dolor cambia de forma

y se vuelve recuerdo compartido.

Y en las noches

repetimos las preguntas

que no piden respuesta:

¿dónde quedó la risa de ayer?

¿dónde se escondió el tiempo tranquilo?

Caminamos por ruinas

que guardan historias,

por puertas abiertas como bocas

que ya no hablan,

y en cada escombro

palpita un recuerdo

que reclama un nombre.


Los perros buscan

entre sombras y polvareda,

su olfato insiste

en lo que nos falta;

los vecinos se convierten

en mapas, en brújulas

que señalan manos amigas.


Aprendimos a nombrar el dolor

con voces ásperas,

a pronunciar la incertidumbre

en voz alta para que no se vuelva un silencio mortal.


Hay noches

en que el miedo se sienta a la mesa

y mastica nuestras esperanzas; al igual que

hay mañanas

en que la luz parece tomar partido

y nos devuelve el valor

para pararnos otra vez.


Cada gesto sencillo

se vuelve rito:

una taza de café compartida,

una linterna que atraviesa el humo,

una canción que alguien entona para no olvidar que aún respiramos.


Nos miramos las heridas

como quien cuenta

costillas rotas del alma;

no todas duelen igual,

pero todas pesan.


La impotencia es una larga fila

que espera respuesta,

y en esa fila hay manos

que no alcanzan,

ojos que imploran,

y la pesada certeza

de que no siempre podremos salvarlo todo.

Sin embargo,

en medio del desorden, hay nombres

que aparecen repetidos en las listas:

voluntarios, que cumple con su labor con el corazón en la mano,

estudiantes, que dejaron sus apuntes para buscar entre escombros y 

mujeres;

que sacan con las uñas

lo que el tiempo quiso enterrar.


Esos nombres son puentes

que nos sostienen cuando todo tiembla.


Aprendimos a medir la solidaridad

en latidos por minuto;

la ayuda no se calcula

en promesas

sino en cucharadas de sopa,

en techo compartido,

en un mensaje

que dice: “estoy aquí”.

Y aunque la ayuda llegue

a cuentagotas,

cada gota es océano

para el que tiene sed de consuelo.


La ciudad herida,

aprende a hablar

en murmullos:

el claxon que aprueba,

la risa contenida

que se escapa entre escombros,

los pasos que ya no corren

como antes

sino con cuidado nuevo.


Hay una memoria colectiva

que ahora incluye

la noche del temblor,

un punto de no retorno

que nos une a la fuerza

y a la fragilidad.


Nos pesa

la sensación de haber sido testigos

y no siempre actores;

queremos sostener más manos,

abrir más puertas, saber decir

las palabras correctas.

Pero a veces

las palabras se rompen al salir,

y sólo queda

el silencio compartido

que, paradójicamente,

aligera la carga.


Cuando el día se asoma

entre polvaredas,

encontramos fotos

con caras que siguen sonriendo

como si nada;

las abrazamos como reliquias

y les damos un sitio nuevo en el pecho.


Cada foto

es un juramento:

reconstruir, aunque sea con lo poco que tengamos,

para que esas sonrisas

vuelvan a caminar sin miedo.


El miedo no se va de repente;

se queda de visita,

nos enseña a revisar ventanas,

a contar piezas de cerámica,

a no prometer certezas

que no tenemos.


Pero también nos enseñó

una lección inesperada:

que la comunidad

puede ser curita y sostén,

que la vulnerabilidad

abre puertas que la rutina

había cerrado.


Hay quienes oran

en voz baja y quienes gritan

hacia el cielo buscando respuestas;

Y entre plegarias y sollozos

florece

una resistencia humana

que no pide reconocimiento.


Nos levantamos

con manos callosas

y ojos resilientes,

Pues sabemos que reconstruir

es, además de levantar paredes,

aprender a confiar de nuevo.


Y en ese volver a confiar

hay gestos pequeños

que son templos:

la mano que guía a un niño,

el vecino que comparte su colchón y 

la madre que canta para calmar el miedo.

Esos gestos son arquitectura nueva,

una ciudad hecha de actos mínimos

que sostienen el mañana.


Seguiremos contando los días

desde aquel 24 de junio

como quien anota una herida

en el calendario;

pero también contaremos los nombres

de aquellos que dieron todo,

las historias que nos enseñan a no rendirnos.


Porque el dolor nos marcó,

pero no nos definirá por completo.


Si vuelves a mirar las calles,

verás que entre grietas

nacen plantas obstinadas;

no es consuelo fácil, es un testimonio:

la vida insiste en su derecho a continuar.

Y nosotros,

con manos

temblorosas

y voces ásperas,

vamos haciendo de la pérdida

un camino posible para la ternura.


Al final,

quizá no podamos ayudar

como quisiéramos,

quizá aún brote impotencia

en la madrugada.

Pero existimos en compañía:

somos pellejos que cicatrizan juntos,

brújulas prestadas que enseñan el norte.


Y en esa compañía,

aunque el miedo vuelva de vez en cuando,

sabemos cómo sostener la llama

para que no se apague.

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Rafael Ortega