-Noely Duarte-
Es impactante
cómo la vida puede cambiar en 37 segundos,
cómo años de historia,
recuerdos,
pueden esfumarse
en tan solo segundos,
y cómo el mundo,
nuestro mundo,
pasó a derrumbarse
en tan poco tiempo.
En la calle,
las miradas se miden
por lo que dicen los ojos:
algunos buscan consuelo,
otros buscan un nombre,
y otros solo anhelan
que haya sido un mal sueño
del cual ya desean despertar.
Todos aprendimos
a leer el temblor
como un idioma nuevo
y a cargar el dolor
como un peso
que no se va.
Los niños recogen
los pedazos de memorias
que parecen haberse detenido;
las abuelas reparten agua
con manos que aún tiemblan por dentro,
y el sol parece preguntarnos
por qué nuestro mundo ha cambiado de lugar.
Hay un apagón de certeza
que no se enciende
una geometría de grietas,
que dibuja nuestras noches,
y aun así
un hilo de aliento se
teje entre desconocidos:
un pañuelo para el llanto,
una manta para el frío,
la ofrenda mínima
que caben en dos manos temblorosas,
y un abrazo que calma el alma
después de tanto caos.
No es solo la casa la que se desploma;
se cae la confianza
de creer que todo seguirá igual,
se desploman los planos que escribimos
para vivir sin miedo,
Y aún tenemos miedo,
porque esto parece no acabar.
Y en medio de ese miedo,
la calle se vuelve refugio
y herida
al mismo tiempo.
Se oyen voces que llaman,
pasos que regresan,
silencios que pesan
más que las palabras,
y corazones que se aprietan
ante lo que ya no está.
Quisiéramos tener manos grandes
para sostenerlo todo,
para levantar lo caído,
para borrar el susto
de los ojos ajenos,
pero a veces
solo podemos mirar
y sentir esa impotencia
que atraviesa el pecho
como un viento frío.
Hay casas
que quedaron en silencio,
como si guardaran todavía
el eco de quienes las habitaron.
Hay fotos cubiertas de polvo,
objetos partidos,
recuerdos
que ahora caben en las palmas de la mano
y duelen más por lo que fueron.
Sin embargo,
entre ruina y ruina,
aparece la dignidad de los que se ayudan
sin pedir nada.
Una voz llama a otra voz,
una mano encuentra otra mano,
y en ese gesto pequeño
se sostiene lo poco que todavía
no se ha caído.
Entonces el dolor cambia de forma
y se vuelve recuerdo compartido.
Y en las noches
repetimos las preguntas
que no piden respuesta:
¿dónde quedó la risa de ayer?
¿dónde se escondió el tiempo tranquilo?
Caminamos por ruinas
que guardan historias,
por puertas abiertas como bocas
que ya no hablan,
y en cada escombro
palpita un recuerdo
que reclama un nombre.
Los perros buscan
entre sombras y polvareda,
su olfato insiste
en lo que nos falta;
los vecinos se convierten
en mapas, en brújulas
que señalan manos amigas.
Aprendimos a nombrar el dolor
con voces ásperas,
a pronunciar la incertidumbre
en voz alta para que no se vuelva un silencio mortal.
Hay noches
en que el miedo se sienta a la mesa
y mastica nuestras esperanzas; al igual que
hay mañanas
en que la luz parece tomar partido
y nos devuelve el valor
para pararnos otra vez.
Cada gesto sencillo
se vuelve rito:
una taza de café compartida,
una linterna que atraviesa el humo,
una canción que alguien entona para no olvidar que aún respiramos.
Nos miramos las heridas
como quien cuenta
costillas rotas del alma;
no todas duelen igual,
pero todas pesan.
La impotencia es una larga fila
que espera respuesta,
y en esa fila hay manos
que no alcanzan,
ojos que imploran,
y la pesada certeza
de que no siempre podremos salvarlo todo.
Sin embargo,
en medio del desorden, hay nombres
que aparecen repetidos en las listas:
voluntarios, que cumple con su labor con el corazón en la mano,
estudiantes, que dejaron sus apuntes para buscar entre escombros y
mujeres;
que sacan con las uñas
lo que el tiempo quiso enterrar.
Esos nombres son puentes
que nos sostienen cuando todo tiembla.
Aprendimos a medir la solidaridad
en latidos por minuto;
la ayuda no se calcula
en promesas
sino en cucharadas de sopa,
en techo compartido,
en un mensaje
que dice: “estoy aquí”.
Y aunque la ayuda llegue
a cuentagotas,
cada gota es océano
para el que tiene sed de consuelo.
La ciudad herida,
aprende a hablar
en murmullos:
el claxon que aprueba,
la risa contenida
que se escapa entre escombros,
los pasos que ya no corren
como antes
sino con cuidado nuevo.
Hay una memoria colectiva
que ahora incluye
la noche del temblor,
un punto de no retorno
que nos une a la fuerza
y a la fragilidad.
Nos pesa
la sensación de haber sido testigos
y no siempre actores;
queremos sostener más manos,
abrir más puertas, saber decir
las palabras correctas.
Pero a veces
las palabras se rompen al salir,
y sólo queda
el silencio compartido
que, paradójicamente,
aligera la carga.
Cuando el día se asoma
entre polvaredas,
encontramos fotos
con caras que siguen sonriendo
como si nada;
las abrazamos como reliquias
y les damos un sitio nuevo en el pecho.
Cada foto
es un juramento:
reconstruir, aunque sea con lo poco que tengamos,
para que esas sonrisas
vuelvan a caminar sin miedo.
El miedo no se va de repente;
se queda de visita,
nos enseña a revisar ventanas,
a contar piezas de cerámica,
a no prometer certezas
que no tenemos.
Pero también nos enseñó
una lección inesperada:
que la comunidad
puede ser curita y sostén,
que la vulnerabilidad
abre puertas que la rutina
había cerrado.
Hay quienes oran
en voz baja y quienes gritan
hacia el cielo buscando respuestas;
Y entre plegarias y sollozos
florece
una resistencia humana
que no pide reconocimiento.
Nos levantamos
con manos callosas
y ojos resilientes,
Pues sabemos que reconstruir
es, además de levantar paredes,
aprender a confiar de nuevo.
Y en ese volver a confiar
hay gestos pequeños
que son templos:
la mano que guía a un niño,
el vecino que comparte su colchón y
la madre que canta para calmar el miedo.
Esos gestos son arquitectura nueva,
una ciudad hecha de actos mínimos
que sostienen el mañana.
Seguiremos contando los días
desde aquel 24 de junio
como quien anota una herida
en el calendario;
pero también contaremos los nombres
de aquellos que dieron todo,
las historias que nos enseñan a no rendirnos.
Porque el dolor nos marcó,
pero no nos definirá por completo.
Si vuelves a mirar las calles,
verás que entre grietas
nacen plantas obstinadas;
no es consuelo fácil, es un testimonio:
la vida insiste en su derecho a continuar.
Y nosotros,
con manos
temblorosas
y voces ásperas,
vamos haciendo de la pérdida
un camino posible para la ternura.
Al final,
quizá no podamos ayudar
como quisiéramos,
quizá aún brote impotencia
en la madrugada.
Pero existimos en compañía:
somos pellejos que cicatrizan juntos,
brújulas prestadas que enseñan el norte.
Y en esa compañía,
aunque el miedo vuelva de vez en cuando,
sabemos cómo sostener la llama
para que no se apague.

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Rafael Ortega