Cruzar el umbral del Teatro Ateneo de Maracay (TAM) es sentir el peso y la magia de cien años de aplausos, suspiros y pasiones desatadas sobre las tablas.
En el bullicio de nuestra cálida ciudad, este santuario del arte se erige no sólo como un monumento arquitectónico, sino como el testigo más fiel de la identidad aragüeña.
Por esta razón, este 24 de junio al cumplir su primer centenario, el Ateneo no evoca nostalgia; ruge con la fuerza de un presente totalmente vivo.
Para los trabajadores culturales de Aragua, el Ateneo no son sus paredes ni sus butacas; son los fantasmas de los poetas, los bailarines y los dramaturgos que se quedaron a vivir en las bambalinas para inspirar a las nuevas generaciones.
Lo que hace verdaderamente grande al Teatro Ateneo de Maracay en su centenario es su arraigo popular.
No es un templo frío para las élites; es el lugar donde el estudiante de liceo descubre el teatro por primera vez, donde la bailarina de danza contemporánea ensaya hasta el cansancio y donde el ciudadano común acude a encontrarse con su propia belleza.
En este recinto sagrado del arte, tuve la oportunidad de ver documentales de alta factura como Araya de Margot Benacerraf y La ciudad que nos ve de Jesús Enrique Guédez, así como películas que marcaron parte de mi existencia como The Wall, Heavy metal, Tommy, Birdy, The song remains the same y ni hablar de la cantidad de bandas de rock de nuestra entidad que pasaron por ese prestigioso escenario.
Aquí han resonado desde las notas de la Orquesta Sinfónica de Aragua hasta las propuestas de teatro experimental más contestatarias del país, demostrando que el arte en Maracay siempre ha sido un espacio de encuentro y libertad.
Cien años después de que se colocara su primera piedra, el Ateneo sigue en pie, con el telón arriba y las luces encendidas.
En una Venezuela que se reinventa todos los días, este siglo de historia nos recuerda que los edificios se construyen con concreto, pero las ciudades se fundan, verdaderamente, sobre el alma de sus teatros.

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Rafael Ortega