-Manuel Cabesa-
(A la mystérieusse)
Siempre he dicho que los intelectuales son como la Mafia. Sólo matan a los suyos
Woody Allen
Mientras iba hilvanando estas notas dos aniversarios se conmemoraron en unos pocos días: la muerte de Jorge Luis Borges hace cuarenta años, y los setenta y dos de la primera celebración del Bloomsday en homenaje a la famosa novela de James Joyce.
Importante recordarlos porque tanto Joyce como Borges, cada uno en su idioma y desde su propia herencia cultural llevaron a los más altos niveles de creatividad la narrativa del Siglo XX y casi seguro que sin hacer "dieta de lecturas" ni un solo día, ni pretender ser originales con respecto al resto de la literatura de su tiempo; sobre la supuesta idea de originalidad Borges estaba al parecer bastante claro: "No sé hasta qué punto un escritor puede ser revolucionario. Por lo pronto, está trabajando con el idioma, que es una tradición."
En tanto que el irlandés tampoco se preocupó mucho por eso ya que para su monumental novela escogió de modelo la Odisea, la primera narración concebida en occidente y madre de todo lo que vino después.
Mediando el Siglo XX un grupo de arqueólogos llegó a la conclusión, luego del hallazgo de unas osamentas de distintas características en algún lugar de Asia o el norte de África, que es muy probable que al inicio de los tiempos se hubieran apareado un hombre y una mujer con diferente grado de evolución: Neandertal y Cromagnon, lo que daría un ser de inteligencia más evolucionada que la de sus predecesores y al parecer los descendientes de estas primeras uniones fueron formando grupos que luego se transformaron en pueblos, éstos en naciones, luego en continentes y en medio de esa evolución fue surgiendo la cultura como un bien compartido.
Felix de Azúa lo cuenta así: "Hubo un tiempo en el que los pueblos se unificaron en torno a un canto. Que se unificaron quiere decir que, aunque vivían a unas distancias como de la Tierra a la Luna, gracias a esos cantos se sintieron acompañados por sus semejantes. La compañía completa, una vez asegurada, pasó a llamarse «nación», aunque eso fue mucho más tarde. La conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o a una familia de pueblos se despertó en torno a los fuegos de campo y los lares domésticos con decenas de personas apiñadas en torno a un recitador que iba cantando unos poemas. Curiosa manera de acceder a la identidad. Y digna... Esos enormes poemas y cantos son algo más que una costumbre arcaica: son retratos imperativos de un comportamiento que nos es por completo extraño. Los pueblos que fueron creados por ellos, sin saberlo, habían descubierto que nuestra identidad es un efecto de las palabras, que nosotros somos tan solo palabras, y que las palabras se pueden cincelar como el mármol o ensuciar como basura".
Es decir que a esta altura, somos descendientes de aquellos que intercambiaron las primeras palabras que oyó el hombre influyendo los unos en los otros con esas mismas palabras... ¿cómo, entonces, escapar de este círculo que lleva milenios girando como una espiral hasta llegar a nosotros?
Ya está dicho: todo lo que se podía decir ya está dicho; pero aún así la capacidad de crear no se detiene porque cada vuelta de la espiral es igual y distinta a la vez, son nuestra imaginación y nuestros sueños emparentados con los sueños del mundo lo que hace que todo sea antiguo y nuevo a la vez, conocido pero sorprendente, cada era la misma y otra al mismo tiempo.
Me arriesgo a distribuir el uso de las influencias literarias (inconscientes o no) y de la tradición (de manera consciente o no) siguiendo una ruta de lecturas: en principio olvidemos el plagio, que es un delito y no tiene nada de creativo, es simplemente apropiarse de un texto ajeno, sin cambiar ni una coma y encima sacar provecho del acto.
Hablo de ese tipo de influencias que marcan ciertas pautas ya sea que nos apropiemos de una historia para recrearla, que nuestra forma de escribir tenga la resonancia de otros autores, o que simplemente, decidamos por propia voluntad copiar el estilo de nuestro escritor favorito.
No debemos confundir plagio y copia, para Milan Kundera: "La imitación no significa falta de autenticidad, pues el individuo no puede hacer otra cosa que imitar lo que ya ha sucedido; por muy sincero que sea, no es más que una reencarnación; por muy veraz que sea, no es más que la suma de las sugerencias y exigencias que emanan del pozo del pasado"
En todo caso, lo importante es el buen uso que hagamos de los recursos que nos brinda la tradición, como dice Sergio Pitol: "Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades, tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir".
Como ya se ha dicho la permanencia del mito en el inconsciente colectivo es una presencia real y aparece en cualquier momento sin que nos demos cuenta de ello. A diferencia de la mitología que se ocupa de los dioses y los héroes de la antigüedad, llamo mito a aquellos arquetipos que nacen de la cultura: Don Juan, Fausto, la Virgen, el Quijote, entre otros que han formado parte de nuestro patrimonio durante siglos.
Luego está el uso del idioma convertido en lenguaje con el cual expresar los sentimientos humanos: salvando algunas diferencias de carácter todos pasamos por los mismos trances: el amor, la soledad, el hastío, los temores, las mismas incertidumbres que forman parte de nuestro tránsito terrestre desde el nacimiento hasta la muerte.
Mezclando ambos ingredientes, mitos colectivos y sentimientos personales, es que se va elaborando el mundo que solemos convertir en literatura.
De allí que no es extraño que James Joyce tome la travesía de Homero y la recree en su entorno a lo largo de un día; ni que podamos adivinar en la primera novela de Stephen King el cuento de la Cenicienta; tampoco que las figuras de Don Quijote y Sancho se transmuten en Batman y Robin, Sherlock Holmes y Watson, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón, Martín Valiente y Frijolito o cualquier otra pareja que decida quijotescamente enfrentar al mundo; lo mismo vale para Romeo y Julieta y el resto de las parejas que han visto tronchados sus amores desde Dafnis y Cloe hasta Corin Tellado.
Sé que he ocupado vuestro tiempo repitiendo lo que ya todos saben, o deberían saber, y me disculpo. Pero habida cuenta de que uno también forma parte de este engranaje, hay que hacer como dice Woody Allen y acabar con tanta impostura intelectual disfrazada de cultura tecnológica utilizando las mismas palabras que han venido evolucionando durante milenios y que hemos heredado de aquellos primeros seres que nacieron del encuentro entre las especies Neandertal y Cromagnon para fundar el porvenir.



La mayoría de quienes escribimos, en algún punto de nuestras historias, estuvimos "pendientes" de "ser originales", de "no parecernos a...", pero, en la medida en que se madura, se confrontan ideas, SE LEE, y se entiende que "ya todo ha sido dicho", tales deseos de originalidad pasan a un segundo plano.
ResponderEliminarLo que hay que tener es honestidad y responsabilidad con el uso de la palabra. A ésta, es a la que hay que poner en alto. Por todo lo que ella significa, en términos evolutivos, creativos, expresivos e históricos.
Muy buen artículo, éste de Manuel. Pone el acento, justo en el lugar que corresponde. Y eso, se agradece.
El pasado cultural tiene futuro cuando un escritor le proporciona un nuevo brillo, mirada, forma a las obras que nos antecedieron. Como he llegado tarde al proceso escritural, (siempre he sido lectora y motivadora de lectura), mis primeras experiencias escriturales surgieron de la imitación. Ejercicios sugeridos por docentes para que le diéramos una nueva perspectiva a textos de autores reconocidos. Fue leer y recrear otro escrito. Fue grato e interesante como experimento de la escritura. De allí en adelante, leer y disfrutar las obras y encontrar relaciones entre ellas. Descubrir, explorar y ensayar otras posibilidades de escritura sin la etiqueta de la "originalidad". Saludos cariñosos, Dilcia
ResponderEliminar"No puede ser que estemos aquí para no poder ser" Julio Cortázar
ResponderEliminarEs una paradoja a la que llegamos cuando intentamos la conciencia de los límites de la escritura. Pero sería peor no tener esa conciencia de estos laberintos. Los únicos que se salvan son los niños pero un niño nunca es niño siempre.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar"Sé que he ocupado vuestro tiempo repitiendo lo que ya todos saben, o deberían saber, y me disculpo."
ResponderEliminarConciencia de crítico, tanto para informar la repetición, la tradición pero también para advertir el deber porque están los que ignoran y por ello se sienten libres y genuinos.