jueves, 18 de junio de 2026

Aly Pérez: Caballero de la palabra pintada que desafió al silencio

-José Carpio-


En aquel entonces, en la ardiente Villa de Cura, existía un rincón llamado Los Colorados. Quienes se animaban a cruzar su umbral no buscaban favores, sino un destello de creación, mientras el cerro El Vigía, eterno guardián, contemplaba en silencio a un artista de dedos teñidos con óleo y tinta, forjando paso a paso la identidad de su tierra natal. 

Ese hombre respondía al nombre de Aly Pérez: poeta de verbo profundo, pintor de luces y sombras, rockero de oído clásico y sembrador de versos en cada esquina.


De los talleres de zapatero a las tablas de Shakespeare


Aly nació en San Luis de Cura en 1955, hijo de Domitila Pérez y de Antonio Martínez, un zapatero que además destilaba tangos como nadie. Su infancia transcurrió en El Rincón, llamado entonces Los Coloraditos, con sus hermanos y un paisaje de almendrones que luego lloraría en versos.

El destino lo arrancó del terruño: dos años en Valencia, cuatro en Maracay, en el barrio La Democracia. Allí, a los catorce años, la fiebre del teatro lo poseyó. 

Se subió a las tablas con el grupo Tránsito, dirigido por Arnaldo Díaz, y nada menos que para interpretar a Próspero en La Tempestad de Shakespeare. ¡Un adolescente villacurano encarnando a un duque mago!

Esa fue su primera lección: el arte no entiende de edades ni de orígenes. 

Rock, violín y la rebeldía de los clásicos


Cuando el rock andaba quemando los surcos de los discos de vinilo, Aly se dejó hechizar por la serpiente eléctrica de The Doors y el aullido de Janis Joplin. Coleccionaba discos de Rolling Stones y Bob Dylan como quien guarda reliquias. 

Pero su oído tenía dos almas: junto al rugido del rock, también se embelesaba con Bach, Beethoven y Mozart. Tanto que decidió aprender violín y solfeo entre 1984 y 1985. 

Sin embargo, una frustración lo marcó: “No había correspondencia con las otras artes”. Y así, como Max Jacob, prefirió inscribirse en la escuela de la vida interior. 

Más tarde llegaron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y el jazz americano, que lo acompañarían hasta su último aliento.


La calle como galería: el movimiento que nació sin permiso


“La Villa nunca ha tenido espacios de cultura, gracias a la desidia gubernamental”, decía con una sonrisa que era media queja y media bandera. 

Así que Aly no esperó paredes blancas ni curadores de sala. Formó el grupo Gente del Común con Elías Álvarez, Alfredo Torrealba y otros valientes. 

¿Dónde exponían? En las plazas, al aire libre, mientras los poetas leían sus textos entre transeúntes curiosos. El arte era un movimiento de calle, una vivencia.

Luego vino el Movimiento Cultural Zamora y, más adelante, el taller La Cigarra, homenaje a Sergio Medina, que llevó hasta la cárcel de Tocorón. 

Allí, entre reclusos, la poesía floreció como un geranio entre ladrillos. Publicó su primer libro, Pasión según la casa, en 1991, y no paró: premios en Guárico, en Maracay, y en 2004 representó a Venezuela en el Festival de Poesía de Medellín.

Curiosidades de aquella época


- El violín que nunca sonó en público: Se dice que Aly practicaba escalas al amanecer, pero cuando alguien se asomaba a la ventana de su casa, escondía el su violín.


- La tertulia de los viernes sin electricidad: Cuando se iba la luz en Villa de Cura (algo frecuente en los ochenta y en la actualidad), Aly encendía velas y recitaba a Pessoa mientras sus amigos pintaban a tientas. Llamaban a eso “la sinestesia del apagón”.


- El zapatero que cantaba tangos: Su padre, Antonio Martínez, medía el calzado con un compás que también usaba para silbar Volver. Aly aprendió de él que el ritmo se mide igual en el cuero que en el verso.


El temple que no se rindió


Aly Pérez nació en un pueblo sin salas de exposiciones ni editoriales oficiales. Pero no se quedó cruzado de brazos. Pintó en plazas, fundó grupos callejeros, llevó la poesía a una cárcel y representó a Venezuela en el mundo. 

La falta de apoyo no apagó su voz; al contrario, la hizo más ancha. 

Tras su partida, el 30 de enero de 2005, sus versos siguieron germinando. 

Una fundación lleva su nombre y en cada rincón de Villa de Cura donde alguien lee un poema o pinta un paisaje, Aly sigue ahí, como el cerro que vigila la memoria porque el verdadero legado no se pide prestado: se siembra en tierra firme, aunque nadie la riegue.


***


Fuente consultada:


Villa de Cura y su historia, autor: Giuseppe Girlando


Revista Expresión (2005)


Blog: villaliteraria2010.blogspot.com

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Rafael Ortega