-Roberto Santana-
La alquimia de la neblina: El paisaje interior de Brumas
Aquelarre llegó a ser uno de los centros más sofisticados del pensamiento musical argentino. Almendra había dado nacimiento a una mística y Pescado Rabioso fue la explosión de la carne y el instinto. Aquelarre representó la madurez del espíritu artesano. Con Brumas, la banda no sólo entregó la perla sensorial de una Buenos Aires que se desdibujaba entre la efervescencia política y una melancolía que ya presentía el cierre de una época. Este disco se habita como quien camina por una ciudad húmeda antes del amanecer.
El suelo que temblaba: Argentina entre el regreso y el abismo (1972)
Retroceder un par de años y respirar el aire de 1972 es entender el pulso de Brumas. Argentina vivía un tiempo de sístole y diástole extrema. El gobierno militar de Lanusse se agotaba mientras la figura de Perón, tras diecisiete años de exilio, proyectaba una sombra que lo ocupaba todo. Era un país de una politización febril, donde el arte había abandonado la complacencia para volverse un territorio de rebeldía y reflexión.
En Buenos Aires, la cultura joven no era ajena a la tragedia. El fusilamiento de 16 militantes de organizaciones armadas peronistas y de izquierda el 22 de agosto de 1972 tras una fuga fallida del penal de Rawson –recapturados y ejecutados por la Marina en la base Almirante Zar– marcó un punto de no retorno, pero al mismo tiempo existía una fe casi ciega en la capacidad del hombre para transformar la realidad a través de la palabra y el sonido. Económicamente, el país empezaba a sentir las grietas de una inflación creciente y una inestabilidad que empujaba a los artistas hacia una introspección más densa, alejándolos del optimismo "beat" de finales de los sesenta.
La consagración de la complejidad
Para el año 1973, el Rock Progresivo Argentino —entonces llamado simplemente "música progresiva"— había alcanzado su mayoría de edad. Ya no se trataba de imitar los patrones de Londres; se trataba de fundar un lenguaje propio. Es el año de Artaud y del nacimiento de Invisible, un momento donde el virtuosismo técnico se ponía al servicio de una lírica surrealista y profundamente urbana. La escena era un hervidero de sellos independientes como Talent (de Jorge Álvarez) que daban cobijo a obras que exigían una escucha atenta, lejos de la distracción comercial.
Los cuatro elementos: Contexto biográfico de Aquelarre
Aquelarre no fue una banda de principiantes, sino un cónclave de maestros. Emilio del Guercio y Rodolfo García traían consigo el linaje dorado de Almendra, pero lejos de reciclar nostalgias, buscaron una nueva aspereza. Al unirse a la guitarra visceral de Héctor Starc (proveniente de un rock más crudo y directo) y las teclas profundamente jazzísticas de Hugo González Neira, crearon un organismo único con su debut de psicodelia pesada en 1972. Al momento de gestar Brumas, el grupo ya había aceitado su dinámica interna tras dos años de giras constantes, consolidándose como una unidad donde nadie era solista porque todos eran la banda.
El parto de la niebla: Circunstancias del lanzamiento
Brumas fue grabado en los estudios Phonalex a finales de 1973 y lanzado a principios de 1974 bajo el sello Talent/Microfón. El lanzamiento ocurrió en un momento de transición dolorosa para la Argentina: la muerte de Perón en julio del 74 y el ascenso de la violencia paraestatal. El disco apareció como un refugio estético; una obra que, aunque no contenía consignas políticas directas, lograba capturar el "clima de época" a través de una elegancia melancólica que resonaba con la incertidumbre del público joven.
Materia y fluidez: Estética, producción y sonido
Si algo define a Brumas es su textura orgánica. A diferencia de otros discos de la época que buscaban la saturación, Brumas apuesta por el aire. La producción es de una claridad meridiana, permitiendo que cada instrumento respire en su propio plano sonoro.
Es un álbum de claroscuros. Hay una calidez casi maderil en la base rítmica que contrasta con el brillo eléctrico de los teclados. No busca el estruendo, sino la intensidad. También es una intersección magistral entre el blues progresivo, el jazz-rock y la tradición de la canción rioplatense. Hay una "argentinidad" intrínseca en sus cadencias que lo aleja del mimetismo anglófilo.
La trama de los sonidos: Arreglos e instrumentación
La instrumentación en Brumas es un ejercicio de contrapunto constante.
Hugo González Neira opera como el colorista principal a través de un uso magistral del órgano Hammond. Es la textura de este instrumento lo que otorga al disco su densidad característica, moviéndose entre la urgencia del blues y una atmósfera de cámara sombría. Este cuerpo sonoro se ve complementado por intervenciones selectas de piano Fender Rhodes y clavinet, que aportan los matices sofisticados y los sutiles acentos funk que terminan de definir el clima del álbum.
Héctor Starc ejecuta un trabajo de orfebrería con la guitarra, distanciándose del exhibicionismo técnico para priorizar la expresividad de la materia sonora. A través de un uso quirúrgico del pedal de volumen y el wah-wah, Starc renuncia a la linealidad de los solos convencionales para generar mareas de sonido que aparecen y desaparecen orgánicamente. Su interpretación se convierte en una extensión de la atmósfera del disco, alternando ataques cristalinos con texturas eléctricas que envuelven la rítmica, logrando que la guitarra funcione más como un generador de estados de ánimo que como un instrumento solista.
Emilio del Guercio y Rodolfo García ratifican en esta obra por qué constituyeron la sección rítmica más influyente y orgánica de su tiempo. El bajo de Emilio trasciende la función de anclaje armónico para transformarse en una entidad melódica propia, tejiendo líneas que dialogan y se entrelazan con la voz en un contrapunto casi lírico. A su lado, García sostiene la estructura con un pulso que amalgama la sutileza de la síncopa jazzística con el peso y la solidez del rock más puro, logrando una cohesión interpretativa donde el ritmo no es una base externa, sino el latido interno que da vida a la composición.
El desarrollo de una estirpe: De Candiles a Siesta
Candiles (1973), el álbum anterior, era una obra de tierra y fuego; más directa, más pesada y con una raíz bluesera más evidente. Brumas representa una sublimación. La banda abandona la "llama" para adentrarse en la "niebla". Si Candiles era el pulso de la calle, Brumas es el pensamiento que ocurre tras la ventana. Musicalmente, Brumas es más complejo en sus desarrollos armónicos y menos dependiente del riff.
Siesta (1975), el álbum posterior, llevaría la sofisticación rítmica a un extremo casi académico. Es un disco de una luz más blanca y estática, donde la experimentación con tiempos impares se vuelve el eje. Brumas guarda un equilibrio precioso: conserva la emoción visceral del rock pero ya vislumbra la intelectualización que definiría a Siesta.
Los tres discos (además del debut) son de alta calidad y en ellos se dibuja con nitidez la evolución estilística de una banda cuyos miembros ya poseían una sólida experiencia antes de su fundación.
El espejo de sus pares: Aquelarre en el contexto general
Sui Generis – Pequeñas anécdotas sobre las instituciones: Mientras Charly García utilizaba los sintetizadores para la sátira política y el retrato social ácido, Aquelarre en Brumas optaba por la abstracción poética. Sui Generis es el grito en la plaza; Aquelarre es el silencio en la biblioteca. Musicalmente, Aquelarre era técnicamente más robusto como ensamble, mientras que Sui Generis priorizaba la narrativa lírica.
Arco Iris – Inti-Raymi: El trabajo de Gustavo Santaolalla buscaba una espiritualidad ligada a la tierra y al sol andino, una "mística del afuera". Brumas es una "mística del adentro", profundamente urbana y nocturna. Donde Arco Iris usaba la flauta y el aire de montaña, Aquelarre usaba el Rhodes y el cemento de Buenos Aires.
La imagen de lo invisible: Apoyos visuales
No existen videoclips promocionales que acompañen al álbum. Sin embargo, la portada (diseñada por Enzo Manzini) es el complemento visual perfecto: A través de un contraste extremo, los rostros de los cuatro integrantes de Aquelarre se desdibujan hasta casi volverse fragmentos de luz que emergen de un vacío absoluto. Esta elección visual no es accidental: actúa como una metáfora visual de la "bruma" del título. La imagen no intenta ilustrar la niebla, sino que la encarna mediante la ausencia de nitidez y el predominio de la sombra, capturando esa sensación de incertidumbre y misterio que atraviesa todo el álbum.
Trascendencia y huella histórica
Para la carrera de Aquelarre, Brumas fue el peldaño que los consolidó como una de las bandas más respetadas por sus colegas. Fue el disco que demostró que se podía ser complejo sin ser ininteligible. Su trascendencia en el rock argentino es total: fijó un estándar de producción y de "buen gusto" interpretativo que influenciaría a generaciones de músicos de jazz-rock y rock progresivo en toda Latinoamérica.
Clasificación: •Excelente
Clasifico a Brumas como un álbum •Excelente porque representa el punto de equilibrio perfecto en la discografía de la banda. No posee la crudeza a veces dispersa del debut, ni el exceso de cálculo rítmico que por momentos asoma en Siesta. Es una obra donde la técnica, la poesía y el clima social de una Argentina en sombras se fundieron para crear un objeto sonoro irrepetible. Es la definición misma de la madurez artística.
Aquelarre – Brumas (1974)
•Argentina
•Rock Progresivo
•Rock Progresivo Psicodélico
con influencias de
•Prog Folk
•Excelente
Músicos
- Héctor Starc / guitarra, bajo, voz principal (3) y coros
- Hugo González Neira / clavinet, órgano Hammond, Fender Rhodes, clavinet, voz principal (7) y coros
- Emilio del Güercio / bajo, guitarra acústica, piano, voz principal (1, 4-6)
- Rodolfo García / percusión, voz principal (2, 6) y coros
Con:
- Rodolfo Alchourrón / arreglos y director de orquesta (4)
Si quieres escucharlo, toca el enlace:
https://t.me/MusicaProgresiva/2749


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Rafael Ortega