-Manuel Cabesa-
A Ella, mi fuerza y mi forma ante el paisaje
J.S.P
Este 30 de abril se cumplieron los primeros cien años del nacimiento del crítico y narrador uruguayo Ángel Rama y el acontecimiento, como suele suceder, ha pasado desapercibido para todos, hasta donde yo sé.
Lo cual es lamentable, sobre todo en el ambiente cultural venezolano ya que Rama no sólo fue uno de los tantos refugiados que encontraron en nuestro país el amparo necesario para escapar de la oleada fascista que ensombrecía el cono sur sino que, una vez entre nosotros, desarrolló una labor verdaderamente importante de estudio y difusión de nuestra literatura.
Testimonio de ello, sus lúcidos ensayos sobre la obra de Ramos Sucre, Salvador Garmendia y su inapreciable antología de El Techo de la Ballena, entre otros escritos menores recopilados luego en el volumen "Estudios de literatura venezolana" publicado por Monteavila a principios de los años 90.
De mayor envergadura aún fue la creación, con el apoyo del Estado venezolano, de la formidable Biblioteca Ayacucho donde se reúne lo más importante del pensamiento y la literatura hispanoamericana desde la época precolombina hasta los albores del siglo XXI y que aún se mantiene vigente y publicando títulos indispensables para entendernos como continente.
Otra empresa de no menor importancia fue la publicación de la revista Escritura, con el apoyo de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela en trabajo mancomunado con el profesor Rafael Di Prisco y que puso al día los estudios literarios realizados con rigor y acuciosidad dentro del ámbito universitario continental.
Tanto él, como otro gran crítico uruguayo, Emir Rodríguez Monegal situados en planos divergentes con respecto a sus objetos de estudio pusieron al día a los lectores con respecto al movimiento que desde los años 60 vivió la narrativa de América Latina, no desde la simple gacetilla bibliográfica, sino desde el estudio profundo de obras y autores, sus características y lo más importante sus raíces y su relación con el entorno.
Hoy que se suele "acuñar" nueva terminología a lo ya sabido, más para confundir que para iluminar, en materia de literatura y sociedad, se tiende a olvidar que su libro "La ciudad letrada" es pionero en el estudio de cómo la formación de la urbe fue modificando la relación entre la sociedad y su literatura, todo escrito de manera directa, sin eufemismos, ni terminologías supuestamente novedosas, atendiendo al axioma de Tzvetan Todorov: "La literatura ha de tratarse como literatura".
No dudo ubicar a Ángel Rama al lado de Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, Pedro Henríquez Ureña o Raimundo Lida, estudiosos para quienes la cultura es bien social y la pulcritud de estilo una forma de cortesía, hoy lamentablemente perdidos, como todo lo demás.


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Rafael Ortega