sábado, 2 de mayo de 2026

Cuentos de Gabriel Jiménez Emán


La gran jaqueca

 

Cecilia no soportaba la cabeza. Le dolía arriba y abajo, los ojos, la garganta, las sienes, la parte del cráneo, a veces los oídos y hasta el cuero cabelludo le dolían. Todos los calmantes, tratamientos, operaciones, no daban resultado. Migrañas, jaquecas y neuralgias la atormentaban día y noche, y Cecilia decidió quitarse la vida. Como no tenía el valor para hacerlo, prefirió que se la quitaran y así le harían un gran favor. 

Así ocurrió. Los amigos la despidieron con un veneno de rápido efecto, y que no le causó ningún dolor. El día del entierro, el demonio, que se presentó al sepelio disfrazado de doliente, le comentó a uno de los asistentes, al oído y a espaldas de los familiares de Cecilia, que habían cometido un error: antes de ser sepultada tenía que haber sido decapitada. 


 ***

 

El viejo Félix

 

El viejo Félix se sentaba en la esquina –en toda la orilla del gran escalón- se quitaba el sombrero para rascarse la cabeza y miraba hacia las colinas lejanas del valle azul de Yaracuy. Era su manera de descansar luego de la faena diaria de trabajo, ayudando a mi abuelo en el negocio de los cambures pasados. Él era quien los transportaba del mercado a la casa en una carretilla. Graciosa era la manera que tenía el viejo de ladearse el sombrero y sonreír de lado y de caminar para la izquierda. El viejo Félix vivía de lado, veía el mundo al sesgo por las rendijas de sus ojos, y quizá esa era la clave de su personalidad. Mascaba su chimó, y se empinaba de vez en cuando su carterita de aguardiente. Todo él era un gran olor a cambur pasado, hojas aromáticas de tabasca, bayrum y frutas añejas. Hablaba con una sonrisita cantora, y cuando algo le hacía mucha gracia, se asfixiaba con la risa y tosía. 

Un día un viejo más viejo que él le contó un cuento cómico de su infancia que hizo reír al viejo Félix hasta pararle la respiración. Se puso rojo, tosió y se atragantó con la risa. Luego comenzó a derramar una saliva de varios colores, un hilillo de saliva rojo, verde, amarillo y azul. El cauce de la flema corrió por la avenida y al final llegó al jardín de una casa, por donde trepó a un árbol, poniendo el tronco y las hojas de un color turquesa muy bonito. 

Los pulmones del viejo Félix no dieron más. Tosió por última vez y de su garganta salió un gran caramelo con olor a frutas, que rápidamente se fue derritiendo en el patio con el fuerte sol de Yaracuy. El cuerpo del viejo se fue desinflando, hasta que de él sólo quedaron en la tierra los calzones, la franela y las alpargatas, medio tapados con el viejo sombrero oloroso a cambur pasado. 


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Pequeño cielo

 

Cuando muera, no quiero ir a un cielo grande, de extensión inmensa y de promesas cumplidas. No me engaño al saber que lo merezco: he sido bueno, he sacrificado mi vida por los demás y nunca he hecho mal a nadie, ni siquiera por olvido u omisión. He sido fiel a mi mujer y he creído en el Señor hoy, antes y después, por encima de todo creo en el Señor Todopoderoso, y en que alguno de mi familia ha de seguirme. 

Por todo ello, pido cuando muera ir a un cielo pequeño, privado, donde vuelva a encontrarme con mi padre y mi madre y ver cómo ellos se besan y aman, y entonces yo vuelva a estar en el vientre de mi madre, chupando con fruición el pequeño cielo de mi dedo pulgar. 


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Supervivencia

 

El hombre se asomó al jardín a mirar la noche. Estaba ahí, casi redonda, emitiendo unos destellos azulosos. Le parecía una ficción que él hubiese vivido allí antes, que sus padres le hubiesen dado la vida en aquel lugar tan ignoto, en aquel planeta cuyas aguas y aire no permitían ya la vida de las especies animales y vegetales. Apenas el sol prestaba un poco de su luz para hacer visible la tierra durante aquella noche más bien oscura, donde aquel hombre, como otros tantos a esas horas, contemplaban a duras penas los astros y las estrellas desde Marte, el planeta a donde ahora se había trasladado la especie humana, en su permanente búsqueda de supervivencia. 


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El método deductivo

 

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a su lado, todavía humeante. 


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La mano

 

Orlak se miraba la mano luego de salir de la famosa película, la cual había inspirado a sus padres a ponerle aquel nombre. La verdad, Orlak odiaba esta película y detestaba su propio nombre, que le parecía tétrico y ridículo. Sin embargo, lo había soportado pese a las bromas que le gastaron en la infancia. Varias veces reclamó a su madre la razón de aquel nombre, y ella hizo recaer la responsabilidad sobre su marido Ernesto, quien desde su adolescencia había sido impresionado con la célebre película. 

Pero Orlak no se atrevía a reclamarle a su padre, un hombre de carácter duro y autoritario. 

 Sin embargo, el día en que Orlak cumplía los dieciocho años se atrevió a enfrentar a su padre. 

 -Me has hecho infeliz con este nombre- le dijo. 

 -Ya lo sé, hijo, y lo siento- le replicó el padre. –Pero no tenía otra salida. 

 -Si no te ponía ese nombre estaba condenado a tener para siempre una mano asesina, que en cualquier momento podía estrangularme- dijo el hombre. 

 -¡Pero papá!- gritó Orlak. –¡Esa sólo es una película, y nada tiene que ver con nuestras vidas! 

 -Eso pensaba yo- respondió Ernesto. Pasado un tiempo conocí a Peter, el actor protagonista, y él me comentó que para poder librarse del maleficio de la mano había tenido que ponerle a su hijo el mismo nombre del personaje. Yo le argumenté lo mismo que tú a mí ahora, y él me dijo que esa película ya había causado suficientes problemas a muchas personas. 

 -Pero fuiste injusto conmigo. Hoy he decidido cambiarme el nombre y abandonar esta casa. 

 -Puedes hacerlo, pero te advierto que corres el peligro del maleficio. Si abandonas tu nombre, la mano te asesinará. 

 -Ya he planeado irme a otra ciudad, y librarme de todo esto con un nuevo nombre y una nueva vida. 

 -No puedes, hijo, te digo que corres peligro. 

 -Sí puedo- dijo Orlak. –Mira. Y le mostró un muñón recién cortado. 

 Al ver esto, el padre de Orlak se sintió turbado. Mareado, se dejó caer en un sofá. 

 -Qué alivio- dijo. Perdóname, hijo, ojalá puedas rehacer tu vida. Pero todavía me queda una duda: saber si cortaste la mano debida. 

 -Quien tomó la iniciativa de cortar la mano derecha no fui yo, papá, fue la mano izquierda. El bien le ha ganado una batalla al mal, por raro que parezca. 

 -Es la mejor noticia que he oído en mucho tiempo- le dijo al antiguo Orlak. Y agregó con alivio incomparable: Que seas feliz.


Del libro La gran jaqueca y otros cuentos crueles

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Rafael Ortega