domingo, 22 de febrero de 2026

La locura por los libros

Foto: Salvador Arbeláez


-Jotamario Arbeláez-


A Héctor Abad Faciolince


Encerrado en mi morada campestre de Villa de Leyva, en la Montaña Mágica, con los 4 mil libros que me quedan -pues hube de donar otros tantos que no cupieron, y que me siguen doliendo cuando los necesito y no los encuentro-, me dedico, además de acariciarlos, a repasarlos, tomando nota de los subrayados felices o desgraciados con que tuve a bien desvalorizarlos. Pues más que objetos preciosos y comerciales han sido herramientas de trabajo susceptibles de intervenirse.

No todas las frases subrayadas de un libro cuando vuelven a revisarse son máximas contundentes, a veces aparecen como meras tonterías seguramente referidas a algo que el marcador estaba viviendo y que tienen por lo tanto su clave oculta.

Pero en otras circunstancias muestran la agudeza del aguzado. Que le sirven como epígrafes para sus poemas, sus cuentos o sus novelas.

Vivo pues sumido en el silencio librero compensado con el excitante retintín de la discoteca, que en este momento me trae A Midsummer Night’s Dream, ante cuyos arpegios la silla, herencia de mi suegro, que da reposo a mi nalgatorio, salta de gozo.

Mi mujer que linda con la belleza cuida de que mi pinta no se destiña, mis perros Monje y Dina hacen que durante todo el día esté evocando a dos de mis más amorosos amigos idos,

mi gata Agatha de pelaje níveo me resalta la maravilla de la creación, mientras la contemplo lengüeteando la dosis de leche que le deposito en su plato. Y las fotos de mi nieta Emilia Curtis de vacaciones en el Caribe me convencen de que viví en el mejor de los mundos posibles.

Como estoy en medio del bosque ya no salgo a los bares en busca de mis amigos dipsómanos, ni a cines ni a conciertos ni a cocteles, moteles ni carruseles.

Pienso entonces que me ha llegado la hora de poner en orden los productos del tecleo por 70 años, antes de terminar por volverme loco.

Aunque la locura no haya sido enseña de mi vidorria. Ni siquiera llegué a sentirme loco de amor, que es igual a loco de atar, y a lo sumo loco de contento cuando volvía a quedar solo en mi biblioteca.

Tengo versiones varias de cada tomo -algunos provenientes de extensas notas en mi morral cuando hace 70 años abandoné la casa paterna-, a los que les faltan o sobran textos y debo cotejarlos hasta que resulte la perla.

Los libros publicados con los que gané premios y romances ya se quedaron así, El profeta en su casa, Zona de tolerancia, El cuerpo de ella, La casa de memoria, Mi crucifixión rosada. Pero tantos me faltan que vengo maquinando por décadas y debo puntualizar finalmente.

En los últimos años, merced a la Universidad del Valle y al FCE, evacué la versión definitiva de Mi reino por este mundo. La que en el año 80 ganó el premio de poesía de la editorial de Gabo la complementé con los poemas del 80 al 2 mil.

Nada es para siempre, publicada por Aguilar en 2002, la he desglosado y ampliado en dos tomos: Retrato del nadaísta cachorro, que publicó el año pasado Pigmalión en España y que no entiendo por qué no se distribuye en Colombia, y Visión postrera, actualizada y versificada para una nueva edición, donde hace más de 20 años me dio por referir la culminación de mi vida de poeta en los siete estadios de la agonía, que me inculcó la psiquiatra suiza Elizabeth Kubler Ross en su estudio Sobre la muerte y los moribundos.

Y que recientemente puntualicé en la edición de Planeta de mis coqueteos con la pelona en Y vivo todavía, referente a esa falsa defunción que me decretaron.

Y es así que reviso esta trilogía: El arte de pedirlo, al que siguió La novia dejo no, que lleva 8 años en poder de un editor algo demorado, y habré de culminar con Que se casen los maricas, ya que a mí me falló el casorio; también con el tema seductor están de un pelito La rosa entreabierta, Culito de rana, Tras Eros, El cielo para mí solo, aparte de los textos políticos de Descanse en paz la guerra. Y el testimonio de mi vida entre libros, La biblioteca seductora.

Desde que cumplí las siete décadas vengo elaborando una saga denominada Los días contados, que comenzaría por El séptimo piso, seguido por otros diez tomos, cada uno con un tema, comprendidos recuerdos de la familia, los amores gozados y padecidos, los amigos vivos y muertos, las drogas alucinógenas, la violencia sentida, los libros saboreados, los viajes terrestres y sicodélicos, y hasta las experiencias místicas conducentes a Dios a través del espiritismo.

Serias casas editoras las están esperando. Por lo que debo correr. Convencido de que apenas pegue uno de mis libros arrastrará con los otros, como pasó con Gabo y Cien años de soledad, que catapultó La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba.

Y convertirme en una especie de J. Mario Mendoza, que fue best seller desde un principio impulsado por Satanás. O Abad Faciolince, pegado de El olvido que seremos, con su valiente padre como memoria. O J. G. Vásquez con Los nombres de Feliza, donde no tuvo a bien reseñarme.

Definitivamente creo que si se me acaban los días con Los días contados se me quedarán obras fundamentales sin darles mate, entre ellas La casa de las agujas, referida a las puntiagudas que recibió papá como cesantías y que se tomaron la casa; la Autobiografía (no autorizada) de Nerón anticristo, posando como la reencarnación revelada del monstruo romano; El Sexamerón, seis relatos de extremismo licencioso en los tiempos del Covid 19 en un refugio de Villa de Leyva, y Mis aventuras con la Marquesa de Sade, esa bien desvestida dama libidinosa que me sumergió en las espesuras de la lujuria, que ya poco se me manifiesta en el cuerpo pero que se perpetúa en los dedos contra el teclado.

Y mientras yo me devano los sesos tratando de limpiar mis escritos para darles la presentación de los principados, mi mujer que linda con la limpieza barre que barre los aparentemente limpios mosaicos hasta dejarlos como yo quisiera dejar mi obra.

Los nadaístas, casi todos tocados de locura por los libros, nunca alcanzamos a ser fenómenos editoriales por cuanto fuimos inspirados por el espíritu santo, pero cuando aún era beato. Y así resultamos genios en bruto, puros ingenios.

Menos mal que en el Cielo, donde fueron a templar casi todos estos ateos, y donde ya tengo reserva de 5 estrellas, no se requiere de derechos de autor para pasarla bueno...

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Rafael Ortega