sábado, 10 de abril de 2010

Juan Pomponio, viajero de la palabra: “La poesía no debe tener fronteras”

Texto y foto: Rafael Ortega
Cuando nos recrea su aventura, inmediatamente nos viene a la memoria la emocionante historia que nos relata Jack Kerouac, figura representativa de la beat generation, en su novela En el camino. Eran las seis de la tarde del ocho de febrero cuando Juan Pomponio abordó un bus que lo llevaría de Buenos Aires a Mendoza, en Argentina; después siguió hasta Santiago de Chile, donde conoció a Luis Arias Manzo, a quien considera un gran poeta hermano y quien le acompañó en una gira por la patria de Neruda. Más adelante continuó su periplo, cruzó el desierto de Atacama; “fueron treinta y dos horas de viaje en un vehículo destartalado, roto”, confiesa el poeta. De allí siguió al Perú, para recorrer Cuzco, Lima, Trujillo y Tumbes, desde donde cruzó la frontera en taxi y en moto hasta llegar a Ecuador, dejando su huella poética en Guayaquil durante cuatro días antes de partir a Quito, luego a Ipiales y Tulcán. Una vez en Colombia, visitó Bogotá, Villavicencio y otras ciudades hasta que pisó tierras venezolanas cuando llegó al estado Táchira y aquí lo tuvimos entre nosotros, en Maracay, estado Aragua, donde participó en una lectura organizada por la Biblioteca Pública Central Agustín Codazzi, y aprovechamos la oportunidad para conversar con él y escuchar de su propia voz las experiencias vividas.
—Provienes de un país donde se produce mucha literatura. Coméntanos sobre el panorama actual en Argentina en cuanto a la escritura.
—Es un grupo muy selecto de escritores que están encaramados allá arriba, quienes se desviven por llegar a esa posición. Es un grupo que está ahí, pero me parece que el movimiento cultural más fuerte está en países como Venezuela, Colombia, entre otros.
—¿Cuáles autores argentinos recomendarías?
—Me gustan Borges, Bioy Casares... Alguien me preguntó si me gustaba Cortázar y le dije que no he podido digerir Rayuela, aunque reconozco que es uno de los clásicos, pero nunca pude pasar de treinta o cuarenta páginas de esa novela.
—¿Y los contemporáneos?
—En realidad no estoy al tanto del movimiento contemporáneo argentino. No formo parte de ese círculo literario. Me cuesta integrarme, como que me aburro mucho allí.
—Tengo entendido que aparte de escribir poesía, también eres artista plástico, ¿te inicias en el mundo literario buscando otra manera de expresión?
—No, al contrario, me he dedicado de lleno a la literatura, también me gusta dibujar y pintar, pero la pintura siempre ha estado en un segundo plano, aunque eso no significa que en cualquier momento pueda retomarla. Mi caso es muy particular. Antes de los treinta años yo no era un hombre de lecturas. Comencé a escribir poesía, relatos y ensayos a partir de los treinta años. Hoy tengo cuarenta. Empecé a escribir de grande. No me considero un hombre muy erudito en letras. No estoy formado en ninguna universidad. Escribo porque siento que viene la palabra y la plasmo en el papel, siempre tratando de mejorar y corrigiendo algunas cosas.
—¿Cuál es la función de un escritor?
—Traspasar las fronteras, llevar un mensaje real de lo que sucede en la humanidad, sobre las ideologías que nos separan, las costumbres que nos rigen, tratar de despertar conciencias para que el hombre pueda desarrollarse en armonía, más allá del rechazo. La poesía no debe tener fronteras.