Palabras que son flores que son frutos que son actos...
Octavio Paz: La estación violenta
Edición y nota:
Manuel Cabesa
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En 1998 el poeta Harry Almela por medio de su editorial La Liebre Libre puso en mano de los aragüeños un breve volumen de poemas de Jaime Sabines (1926-1999) titulado Los amorosos.
Apenas veintidós textos que revelaron la fuerza expresiva de una de las voces más importantes de la poesía mexicana del siglo XX; autor de un estilo muy particular de nítidas metáforas y un lenguaje entre sublime y coloquial.
El pequeño volumen se convirtió en un objeto de devoción entre la pequeña comunidad lectora de la época y aún se le cita y recuerda con sumo cariño y aprecio.
Al cumplirse, este 25 de marzo, cien años del nacimiento del poeta Sabines abrimos nuestro espacio para celebrar su recuerdo y sus palabras.
(mcabesa)
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Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por esas líneas sinuosas y profundas que tallan en los peñascos el rayo y el temporal. Mapas pasionales, signos de los cuatro elementos, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y los otros líquidos y sustancias con que el hombre dibuja su muerte -o con los que la muerte dibuja nuestra imagen de hombres.
Octavio Paz: In/mediaciones, 1979
¿En qué pensaba mientras escribí Los amorosos? No sé, tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado para otro con las mujeres. Obviamente, no pensaba en ningún extraño, era una cosa mía. Todo lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. Los amorosos fue en muchos sentidos como un vaticinio de los temas esenciales de mi poesía, los grandes temas ya están ahí: el amor, la soledad, la presencia de la muerte, el paso del tiempo, el cuerpo y el amor a la vida.
Jaime Sabines
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Te quiero como para invitarte a pisar las hojas secas una de estas tardes.
Te quiero como para salir a caminar, hablar de amor, mientras pateamos piedritas.
Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles.
Te quiero como para ir contigo a los lugares que más frecuento, y contarte que es ahí donde me siento a pensar en ti.
Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche.
Te quiero como para no dejarte ir jamás.
Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás.
Jaime Sabines
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Ciudad de México, 1947
Ah, si cada vez que pasas pudiera detenerte y platicar contigo. ¡Verte de cerca, escucharte reír! Quiero aprender tu risa como he aprendido ya tu andar y tu mirada. (El conato de tu mirada, pura aproximación a tus ojos, porque jamás me miras.) Y pasas, y siento que el aire se estremece, y todo yo, inmóvil, soy deseo y angustia y necesidad de ti.
¿Por qué eres tan hermosa? ¿Te acunaron en versos? ¿Leche de flor bebiste? ¿Quién te modeló sobre mi corazón, quién te tatuó sobre mis ojos?
Apareces en mi vida, de repente, como coronando un ideal, como concretando a todas las mujeres que he deseado, y no puedo dejarte ir, ni puedo detenerte. Te llamo, sí, te llamo y no me escuchas. Desde mi corazón te llamo; arrojo mis ojos a tu paso; trato de alcanzarte con mi silencio, inútilmente. Siempre has sido ligera y fugitiva, ajena e imposible.
Pero no puedes dejar de ser mía en ese instante en que pasas. Te poseo con todos mis anhelos, con todos mis sueños, y basta la fugacidad de tu presencia para hacerte mía de mi carne, propiedad de mi alma, habitante de mi dolor y mi esperanza.
Te quiero. Pero te quiero y te deseo; y eres inquietud, dolor, angustia; y muero y nazco todos los días para verte pasar.
Y siempre eres la misma, espejismo para mi corazón, distancia y lejanía para mi sed de ti.
No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría; si supiera pedir te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio, deseándote, deseándote nomás; y allí en el fondo de mi alma te espero, íntimamente confío en ti, creo en ti —porque creo en mi amor, porque sé que no hay amor baldío—, y estoy como si esperara madurar una fruta, como si esperara que cayese un beso, como si esperara florecer un sueño.
“Porque te quiero, linda, porque te quiero, amor. Porque eres distinta a todas las mujeres, en tu cuerpo, en tu andar, en lo que eres para mis ojos, en lo que sugieres a mi corazón.
Quisiera estar junto a ti, para decir sobre tu oído: te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y repetirlo constantemente, infinitamente, hasta que te cansaras tú de oírlo pero no yo de pronunciarlo. ¿Cómo marcártelo en un brazo? ¿Cómo sellártelo en la frente? ¿Cómo grabártelo en el corazón?
Escúchalo otra vez: te quiero. Y déjame soñar contigo indefinidamente… ¡Si supieras cómo ya eres mía hasta mi muerte!
Te esperaré mañana. Siempre te estaré esperando…”
Jaime Sabines
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Amén
Me dicen que tengo que hacer ejercicios para adelgazar,
que alrededor de los cincuenta son muy peligrosos la grasa y el cigarro,
que hay que conservar la figura
y dar batalla al tiempo, a la vejez.
Cardiólogos bienintencionados y médicos amigos
me recomiendan dietas y sistemas
para prolongar la vida unos años más.
Lo agradezco de todo corazón, pero me río
de tan vanas recetas y tan escaso afán.
(La muerte se ríe también de estas cosas).
La única recomendación que considero seriamente
es la de buscar una mujer joven para la cama
porque a estas alturas
la juventud sólo puede llegarnos por contagio.
(Revista Plural, nro. 48; sep. 1975)


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Rafael Ortega