sábado, 10 de abril de 2010

Wilfredo Carrizales, en el reino de lo onírico y lo escatológico: “El mundo está allí afuera y hay que buscarlo”


Los verdaderos lectores de literatura en un país siempre serán pocos. Son loables las campañas que emprende el Estado para masificar la lectura de buena literatura, pero mientras la lectura no sea una real necesidad del ser humano poco se avanzará en ese sentido


Texto: Rafael Ortega
Foto: Cortesía del autor
Wilfredo Carrizales (Cagua, 1951) es sinólogo de profesión y actualmente se desempeña como agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Pekín. Entre 1976 y 1982 estudió chino moderno y clásico, así como historia de la cultura china en la Universidad de Pekín. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de Venezuela y China, entre otros países. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poéticaTextos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003; edición bilingüe español-chino con fotografías; Editorial La Lagartija Erudita; Pekín, 2006), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004) y La casa que me habita (prosa poética; edición ilustrada; Editorial La Lagartija Erudita, Pekín, 2004; versión en chino de Chang Shiru, Editorial de las Nacionalidades, 2006; Editorial Letralia, 2006), el libro de brevedades Desde el cinabrio (Editorial La Lagartija Erudita, Pekín, 2005) y tres traducciones del chino al castellano.
—¿Cuáles fueron tus primeras lecturas? ¿Cuándo comienzas a escribir?
—Mis primeras lecturas me remiten al tiempo de mi infancia, donde en la casa paterna (la casa que aún me habita), mi madre (quien fue maestra) se afanaba por enseñarme a leer y a escribir a los cuatro o cinco años de mi edad. Después, dos tías maternas que también eran educadoras se encargaron de formar mi primera biblioteca con ejemplares de Pinocho, los cuentos de Perrault, Cristian Andersen y Stevenson, las novelas de Julio Verne, las fábulas de Esopo, viejas leyendas de América y antiguos mitos grecorromanos.
Recuerdo que comencé a redactar mis propias “composiciones” desde segundo grado. La que hice para egresar del sexto grado le gustó mucho al jurado y me valió una evaluación de excelente. Es el único “premio” que he recibido desde entonces.
Durante mi etapa de bachillerato continué leyendo mucho, sobre todo historia y novelas históricas, pero no escribí prácticamente nada. Mi afición o gusto por la escritura se manifiesta, paulatinamente, cuando me traslado por primera vez a China, en 1976, e ingreso en la universidad. Los textos de aquella época eran bastante malos, mas me sirvieron de aprendizaje y ejemplos negativos.
—¿Participaste en algún taller literario?
—Mi formación ha sido autodidacta en materia literaria. Nunca asistí a ningún taller literario. En alguna ocasión yo mismo fungí como guía de taller para jóvenes que se iniciaban en la escritura de textos narrativos.
—¿Crees que los talleres literarios son fábricas de escritores?
—Fábricas de escritores suena como a producción en serie. Yo considero que los talleres literarios, cuando cuentan con un buen guía que tenga amplias y profundas lecturas y conocimientos de técnicas idiomáticas y escriturales, pueden, si no “fabricar” escritores, al menos estimular el placer hacia lo lúdico de la literatura.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—Me interesan, en principio, todos los temas. Sin embargo, hay temas recurrentes a los cuales vuelvo una y otra vez, como por ejemplo la muerte, lo escatológico, lo misterioso, el mundo de los animales, lo erótico, todo aderezado con ironía o sarcasmo.
—¿Cómo nacen tus relatos?
—Tienen varias génesis. A veces pueden provenir del ámbito onírico, del subconsciente o de la memoria; otras veces, surgen de otras lecturas con aristas insospechadas; en otras ocasiones, de iconos, imágenes fotográficas, fijas o en movimiento, pinturas o recuerdos míos de infancia o juventud y sucesos recientes que retornan a la conciencia para ser transformados en ficción.
—¿En cuál género te sientes más a gusto?
—Si todavía podemos seguir hablando de “género”, me siento más a gusto escribiendo prosa poética o poemas en prosa. No obstante, me divierto grandemente mientras creo un cuento con “ambiente” burlesco o de sorna.
—Aparte de la lectura, ¿de qué otras fuentes te nutres para escribir?
—También me nutro del cine y del teatro, de la pintura y los espectáculos.
—A tu criterio, ¿cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—José Antonio Ramos Sucre, Antonio Arráiz, Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia, Francisco Massiani, Renato Rodríguez, José Rafael Pocaterra, Mariano Picón Salas, Adriano González León...
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no sean tan conocidos como los de otros países?
—La razón podría atribuírsela a una falta de proyección internacional por parte de los entes del Estado encargados de difundir la obra de los escritores venezolanos. Empero los mismos escritores deben utilizar todos los medios válidos a su alcance (Internet, por ejemplo) para difundir su obra en variados ámbitos. Para acceder a lectores de otras culturas, la obra de los escritores venezolanos debería estar traducida, por lo menos, al inglés.
—Es difícil ser escritor en un país de pocos lectores. ¿Cómo asumes ese reto?
—Los verdaderos lectores de literatura en un país siempre serán pocos. Son loables las campañas que emprende el Estado para masificar la lectura de buena literatura, pero mientras la lectura no sea una real necesidad del ser humano poco se avanzará en ese sentido.
Yo asumo el “reto” difundiendo mi obra a través de Internet. No sólo me interesa acercar mi obra a lectores venezolanos: el mundo está allí afuera y hay que buscarlo.
—¿Cómo percibes la presencia de la mujer en el mundo de la literatura?
—En nuestra literatura se ha venido destacando en los últimos tiempos una serie de escritoras inteligentes y audaces, con una prosa de calidad que ha enriquecido el panorama de nuestras letras. Pienso en Elisa Lerner, Milagros Mata Gil, Ana Teresa Torres, sólo por citar tres nombres...

—¿Cuáles libros o autores de la literatura universal recomendarías?
—En el ámbito hispanoamericano: Guillermo Cabrera Infante, Bryce Echenique, Sergio Pitol, Roberto Bolaño, Max Aub, Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Manuel Vázquez-Montalbán, Alejo Carpentier, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, Augusto Monterroso, Elena Poniatowska...
En el ámbito universal: Edgar Allan Poe, Henry Miller, Ray Bradbury, Arthur Conan Doyle, Charles Baudelaire, Max Jacob, Jean Genet, Italo Calvino, José Saramago, Fedor Dostoievsky, Yukio Mishima, Yasunari Kawabata, Lu Xun, Pu Sung-ling, Yuan Mei, Jan Neruda, Virginia Wolf, Catherine Mansfield, Marguerite Yourcenar...
—¿Las instituciones del Estado ofrecen la ayuda necesaria al escritor?
—Sobre todo al escritor que se inicia la ayuda es mínima. A los escritores consagrados se les presta más ayuda y se les publica más, a veces en desmedro de los autores noveles.
—¿Cuál es la función del escritor?
—Escribir, crear, ser la conciencia y la memoria de su época y de todas las épocas.
—¿Cómo ves el panorama regional actual?
—Llevo ya más de cinco años fuera del país y por lo tanto no puedo opinar al respecto. Sólo deseo que surjan buenos escritores en Aragua.
—¿De qué manera influyó el boom latinoamericano en la literatura venezolana?
—Algunos autores venezolanos se dejaron influir por aquello que se llamó el “boom de la novela latinoamericana”, pero no lograron ninguna proyección ni méritos literarios. Otros que no siguieron esa corriente obtuvieron mejores resultados y continúan produciendo obras de claridad.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—El escritor verdadero no debe tenerle miedo a las nuevas tecnologías. Debe saber aprovecharlas en beneficio de la mejor realización de su obra y su posterior difusión y divulgación.
—¿Crees que algún día los e-books suplantarán a los libros tradicionales?
—Es posible que tal asunto suceda. Yo no soy futurista; yo no veré esa suplantación y por lo tanto continuaré disfrutando del inmenso placer de pasar hoja tras hoja de papel del libro que esté leyendo o simplemente (h)ojeando.



Escribir: un acto de fe íntima


Escribir es sentir la posibilidad de transitar por ignotos caminos paralelos con la certeza de no alcanzar ningún puerto seguro, pero sin evidencias de que alguien más te siga. Por lo que escribir se convierte en un acto de fe íntima, donde quien escribe se cree un especial taumaturgo que invoca en soledad a los númenes del idioma para que lo ayuden a salir de su angustia