sábado, 10 de abril de 2010

Manuel Cabesa, una biblioteca fundada en la memoria: “Amor y poesía: energías que mueven el mundo”


El escritor no debería pensar en los lectores de verdad, sino preocuparse por hacer las cosas bien y si por casualidad hay lectores, bienvenidos sean. Yo sé que Venezuela no es un país de grandes lectores, pero con los pocos que hay, siempre y cuando sean inteligentes y sensibles, yo creo que es suficiente



Texto y foto: Rafael Ortega

Proveniente de Caracas, a principios de los años noventa llegó a Maracay cargado de historias y con un libro de poesía bajo el brazo: Vida en común, publicado por la editorial Fundarte en el año 1985, para formar parte del equipo de trabajo de la Biblioteca Pública Agustín Codazzi, donde coordina la Sala Audiovisual. Manuel Cabesa (Caracas, 1960) es poeta, narrador y ensayista, además de ser un lector empedernido que colecciona libros y papeles de una manera ritual. Desde hace varios años dicta talleres de poesía y narrativa auspiciados por la Secretaría de Cultura y otros entes culturales del estado Aragua, donde ha publicado la mayor parte de su obra literaria.
—¿Cuáles lecturas te atraparon en tu juventud?
—Siempre me llamaron la atención los libros y la lectura, a pesar de que no tuve una educación como la de otros niños cuyos padres les leían cuentos infantiles. Aprendí a leer con las tiras cómicas. Y creo que eso tenía que ver con la necesidad de vivir fuera de la realidad. Primero fueron las comiquitas, después Julio Verne y, más adelante, la poesía. Recuerdo mis días en bachillerato, tendría yo unos trece o catorce años, cuando nos hacían leer aquellas glosas y elegías espantosas hasta que un día descubrí un libro de Juan Calzadilla, del cual me llamó la atención el título: se llamaba Manual de extraños. En aquella época, un libro costaba dos bolívares. Fue así como, al leer aquella obra, me di cuenta de que un autor podía escribir a su manera: el verso largo y con un lenguaje muy coloquial, y yo pensé: Bueno, si este tipo puede hacer esto, yo también. Entonces, quien me abrió el mundo de la poesía, sinceramente, fue Juan Calzadilla. A partir de esa lectura comencé a escribir, por supuesto, cosas muy malas. Pero, como le sucede a todo escritor, uno empieza como jugando a querer ser escritor y luego te vas quedando hasta que empiezas a asumir que es una responsabilidad seria y tienes que alimentarte, tienes que leer a los maestros. Después me desdije, comprendí que Calzadilla no era ningún loco, el loco era yo que no sabía lo que valía su poesía. Más adelante, en el camino me he encontrado con muchos amigos que me protegieron, me leyeron y me prestaron libros. Conocí en los años ochenta a Oswaldo Trejo, quien me adoptó como si fuera un hijo y gracias a él conocí a Antonia Palacios y a Alfredo Silva Estrada y poco a poco se fue armando una especie de “fraternidad poética”, como la llamaba Silva Estrada.
—¿Consideras que los talleres literarios son fábricas de escritores?
—De verdad, no. Eso depende de quien lo maneje. Más que incentivar la escritura, en mis talleres me he dedicado a motivar la lectura. A mis talleristas les hago descubrir libros, poetas, autores que repente no son muy conocidos, que en el liceo ni en la universidad han oído nombrar, y el taller se convierte en la oportunidad de conocerlos y de compartirlos con otras personas que están en la misma búsqueda. Un coordinador de taller muy estricto o muy soberbio impone cierto tipo de escritura. Yo considero que no debería ser así. El taller es para expandir la mente. Por eso en un taller hay poetas que brillan con luz propia, que descuellan primero que los demás, mientras que hay otros que se quedan atrás, pero tanto a los que van adelante como a los que van detrás lo único que debe interesarles es tener su propia voz, su manera de hacer las cosas.
—¿Cuáles temas te motivan a escribir?
—En principio, el amor. Casi todos mis textos son poemas amorosos y en los cuentos he trabajado mucho el motivo sin querer ser un Corín Tellado. Pienso que el amor y la poesía son las dos energías que mueven el mundo. Si Dios existe, se refleja en la relación amorosa y se refleja en la escritura.
—Tienes obras publicadas como poeta, como narrador y como ensayista, ¿con cuál género te expresas mejor?
—Eso depende del ánimo, del momento. Escribir artículos de prensa, preparar conferencias y hacer ensayos se me hace mucho más fácil, aunque parezca contradictorio, porque allí yo comunico ciertos conocimientos y sentimientos a todas las personas que conozco y a las que no conozco también, mientras que la poesía es un proceso mucho más íntimo. Me considero muy duro para escribir poesía, me cuesta hacerlo. Y cuando la escribo, me cuesta mucho mostrarla, porque la corrijo muchas veces. Me inicié como poeta siguiendo la coyuntura natural de todo aquel que comienza a escribir. Se empieza escribiendo poesía porque pareciera que es lo más fácil de hacer hasta que llega el momento que te das cuenta de que la cuestión no es un juego. Hay que tomarse bien en serio la poesía. Y la narrativa aparece en un momento de mi vida cuando sentí que la poesía no podía decir lo que quería decir. Entonces busqué los caminos de la narrativa porque había cosas que ya no podían entrar en un poema. Por otra parte, empecé a escribir ensayos por casualidad, porque tengo amigos periodistas que muchas veces me pedían trabajos para periódicos y le fui cogiendo el gustico a la cosa y me quedé.
—Aparte de la lectura, ¿de cuáles otras fuentes te nutres para escribir?
—El cine, me considero más cinéfilo que melómano, lo que no quiere decir que no me guste la música, pero después de la lectura, el cine es una fuente de información y de inspiración completa, y más atrás vendría la música, no necesariamente tendría que ser Beethoven, sino cualquiera que me haga entablar una comunicación con la melodía, podría ser hasta un rap.
—¿Cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—Francisco Massiani, Eugenio Montejo y José Antonio Ramos Sucre son referencias esenciales, al igual que Guillermo Meneses y Juan Sánchez Peláez, a quien tuve la suerte de conocer y su presencia emanaba una energía que muy pocas veces he visto en otras personas, era un mago. También mencionaría a todos aquellos poetas de la generación de los sesenta: Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Alfredo Silva Estrada y Oswaldo Trejo. Creo que es absolutamente necesario leerlos y tenerlos cerca. Me parece inconcebible que un poeta joven no conozca a sus maestros. De mi generación, está Alberto Barrera Tyszka, que ganó el premio Herralde, a quien siempre consideré como un excelente escritor y el Herralde vendría a ser la consolidación de una idea que yo tenía desde hace tiempo. Y aquí, en Aragua, hay unas cuantas personas que vale la pena leer, por ejemplo, Erasmo Fernández, quien me parece uno de los poetas más importantes, no sólo de Aragua, sino del país en general; y tenemos a Astrid Salazar, que a pesar de ser una muchachita de veintitrés años tiene una obra contundente.
—¿A qué atribuyes que los escritores venezolanos no seamos tan conocidos como los de otros países?
—Aunque eso aparentemente se está reparando, siempre ha faltado una buena política de promoción que debería bajar desde el Estado. El Estado debería proteger a sus escritores, no en el sentido de darles becas ni subsidios, sino promocionando y distribuyendo sus libros. En 1996 estuve en México y visité como cinco librerías y el único libro de un autor venezolano que encontré fue Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y entonces en aquellos días me preguntaba: ¿qué hace el agregado cultural de Venezuela en la Embajada de México que no está trayendo libros venezolanos para que se distribuyan en las librerías mexicanas? Sería interesante que cualquier mexicano pudiera acceder a un libro de José Balza o de Oswaldo Trejo u otro autor.
—Aparte de los talleres que dictas, también organizas círculos de lectura a escala regional, ¿es una manera de asumir el reto de ser escritor en un país de pocos lectores?
—Lo de los círculos de lectura forma parte de una política de Estado para la motivación de la lectura, de ahí sale también que regalen el Quijote y Los miserables. Y en cuanto a lo de asumir el reto, pienso que uno, como escritor, no debería pensar en los lectores de verdad, sino preocuparse por hacer las cosas bien y si por casualidad hay lectores, bienvenidos sean. Yo sé que Venezuela no es un país de grandes lectores, pero con los pocos que hay, siempre y cuando sean inteligentes y sensibles, yo creo que es suficiente.
—¿Cómo percibes la presencia de la mujer en el mundo de la literatura?
—En los últimos años ha habido en nuestro país un boom de mujeres escritoras, sobre todo poetas. No sé qué pasaba en décadas anteriores, pero a partir de los años ochenta ha habido un florecimiento en la literatura escrita por mujeres, no voy a decir literatura feminista porque eso es otra cosa. Y entre esa literatura escrita por mujeres tenemos a personas extraordinarias como Victoria de Stéfano, que para mí es una de las mejores novelistas de América Latina, quien empezó a escribir después de los cuarenta años, después que crió a sus hijos, se jubiló de la universidad, se dedicó a la escritura y es una novelista excelente. Y en poesía, allí tenemos a Yolanda Pantin, y aquí en Aragua también hay mujeres escribiendo, que son amigas nuestras: Rosana Hernández Pasquier, María Luisa Angarita, Astrid Salazar, Gloria Dolande, entre otras. Pareciera que las mujeres también decidieron tomar la fuerza, la energía, de ser escritoras... así como los hombres hemos asumido la cocina, las mujeres asumieron la literatura.
—¿Cómo ves el panorama literario en Aragua?
—Tengo trece años en el estado Aragua y he notado un gran movimiento de escritores, sobre todo jóvenes, coincidió mi llegada a Maracay con el florecimiento de la literatura en Aragua. En parte, en eso tienen que ver los talleres literarios. Hay que reconocerle a Harry Almela y a Rosana Hernández el trabajo que hicieron para ubicar muchachos que empezaron a escribir a partir de los talleres. Eso me emociona porque no sólo se está escribiendo, sino que existe una relación entre nosotros. Contamos con una página importante en Internet como Letralia, de Jorge Gómez Jiménez, donde se ha abierto una brecha.
—¿Cuáles autores de la literatura universal recomendarías?
—Eso depende, ahorita estoy pegado con Laurence Durell, pero lo primero que le recomiendo a un adolescente es a Julio Verne y Robert Louis Stevenson, porque son los libros que despiertan las ansias de querer leer más. Hay autores que son imprescindibles, como Ernest Hemingway, Malcolm Lowry, William Faulkner, James Joyce...
—¿Cuál es la función de un escritor?
—Escribir bien. Cuando digo eso no quiero decir que se trata de escribir como lo dice cualquier manual de gramática. Me refiero a ser sincero, preciso y tratar de expresar los sentimientos a través de la palabra escrita. Lograr que al otro que está frente a la página se le despierte algo en su corazón.

—¿Las instituciones del Estado aportan ayuda al investigador?
—La Biblioteca Nacional lo hace, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos también, pero las universidades le dan una pauta a los investigadores donde hay una serie de normativas que entorpecen el trabajo. Conozco excelentes estudiantes del Pedagógico que deben regirse a una manera de escribir dictada por una pauta que da la institución, donde la libertad de imaginación queda coartada.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—Opino como Umberto Eco, la Internet ha abierto espacios que antes eran inéditos. Es muy difícil, por ejemplo, encontrar un libro de William Faulkner en cualquier librería de Maracay, pero te metes en Internet y consigues su bibliografía y hasta fotos, lo cual acerca el autor al público.
—¿Algún día los libros virtuales suplantarán a los libros tradicionales?
—Sinceramente, no lo creo. No porque yo sea un reaccionario que está en contra de la tecnología, sino porque en la lectura hay una especie de intimidad, de relación personal con el libro, porque el libro no es sólo lo que está escrito dentro de él, también es el libro como objeto, aquella cosa cariñosa que tú le tienes al libro. Existe una relación de amor con el libro como objeto. Existen maniáticos, como yo, que les gusta coleccionar libros, entonces, no creo que las computadoras, siendo éstas unas herramientas utilísimas, lleguen a suplantar al libro.
—¿De qué manera influyó el boom latinoamericano en los escritores venezolanos?
—Aquí hubo un libro que revolucionó los años sesenta que se llamó Rayuela. Una noche, mientras cenaba con Carlos Noguera, presidente de Monte Ávila, yo le decía que si Julio Cortázar no hubiese publicado Rayuela, quizás él no hubiese escrito Historias de la calle Lincoln, y lo reconoció. El boom de los sesenta: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, no sólo influyó a muchos escritores venezolanos, sino que en todo el orbe latinoamericano hubo una toma de conciencia de que se podía escribir con ciertas libertades; como es el caso del escritor cubano Severo Sarduy que demostró que escribir también podía ser una especie de goce erótico, que las palabras podían ser algo majestuoso. La influencia continúa, hay nuevos autores latinoamericanos, como Jorge Franco, de Colombia; Luis Antonio Parra, de México; Santiago Roncagliolo, de Perú, ganador del premio Alfaguara de este año, quienes dejando atrás el lenguaje totalizante que utilizaron los autores del boom, están en la palestra en estos momentos. Gracias al boom se armó una tradición que antes no existía, o que existía, pero en casos muy aislados: Juan Rulfo en México, Juan Carlos Onetti en el Uruguay, Lezama Lima en Cuba. De repente hay una conciencia latinoamericana y los venezolanos y el resto de los ciudadanos latinoamericanos nos damos cuenta de que formamos parte de una sola nación, donde impera la lengua castellana, y eso se lo debemos a Carlos Fuentes. Nos dimos cuenta de que podíamos escribir en Venezuela, en Maracay para ser preciso, y que cualquier cubano o cualquier argentino nos lee.




Testimonio de vida


La escritura es una forma de comunicación y creo que es la primordial. Uno escribe para decir cosas importantes o que tienen que ver con la mayoría de los seres humanos, más allá de la noticia. Uno escribe no sólo para ser leído, sino para dejar una heredad, un pedazo de testimonio de vida y también crear una especie de fraternidad.