sábado, 10 de abril de 2010

Efrén Barazarte, elemento lúdico y persistente: “La literatura es la voz del otro”


Los temas de la literatura son complejos. Cuando un joven comienza a escribir, lo hace sobre cualquier tema porque está cortejando a la palabra escrita (...), pero lo importante no es el tema en sí, sino la manera de trabajarlo


Texto y foto: Rafael Ortega

Siendo estudiante de bachillerato, un día Efrén Barazarte (Maracay, 1964) sintió el llamado de la poesía cuando la camioneta de pasajeros en que se desplazaba pasó frente al Teatro Ateneo. “Yo estudiaba en el liceo Saúl Albano Moreno y vivía en La Pedrera. Un día pasé en la camioneta y leí un cartel que decía: ‘Encuentro con la poesía’, y quedé impactado, aunque todavía no escribía nada”.
En la actualidad es un prolífico escritor que aparte de ejercer la docencia en el área de castellano y literatura en el Instituto Universitario Pedagógico de Maracay, se desenvuelve tanto en la poesía como en la narrativa, así como en el ensayo y, más recientemente, en el género de opinión.
—¿Cuáles libros te atraparon como lector?
—Esa pregunta siempre nos la hacemos entre amigos. Recuerdo que estaba niño, entre los diez o trece años, cuando me atrapó un libro que a todo joven debe atrapar: Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. Lo que me impactó de ese libro es que, desde el punto de vista actual, más allá de entender o comprender la historia de la novela lo más importante es la experiencia recibida, lo que es diferente. El hecho de ir leyendo e ir conociendo los sucesos totalmente desconocidos para uno, siendo joven, resulta interesante. Eso es como en Las mil y una noches, cuando el sultán le decía a Sherezade que quería escuchar una historia jamás oída, y cuando uno lee una historia jamás leída es un ejercicio de creación, siendo uno lector, y en la medida en que uno va leyendo el texto literario se van incluyendo cosas o interpretando o buscándole una lectura particular a lo que se lee y eso es un ejercicio de creatividad. Allí es cuando uno comienza a escribir, no de una manera física, se empieza a escribir con la mente.
—Coméntanos sobre tu experiencia en aquel primer taller literario donde participaste.
—Fue en el año 1982, cuando Harry Almela organizaba un evento en el Ateneo de Maracay que se llamaba “Encuentro con la poesía”, los sábados en la tarde. Allí quedé asombrado porque, siendo un muchacho de liceo, conocí a Víctor Valera Mora, a Rafael Cadenas, a Lourdes Sifontes y a Mariela Arvelo, entre los muchos escritores que asistían. Lástima que esos eventos no fueron grabados, sólo quedaron en la memoria. Creo que ese taller marcó a toda una generación. Allí participaron Pablo Acosta Ríos, Ana María Oviedo y Carmen Isabel Maracara, entre otros. Paralelamente, en los años ochenta, yo comencé a participar en los talleres literarios que organizaba la Secretaría de Cultura, cuando Harry Almela era coordinador de Literatura. Esos talleres se mantuvieron allí hasta entrados los años noventa.
—¿Consideras que los talleres son fabricas de escritores?
—No creo que sean fábricas, pero sí son un lugar de encuentro donde se conocen personas semejantes. “Los enfermos se rejuntan”, como dicen. Es un sitio donde aprendemos a convivir del ejercicio colectivo. A veces, de forma individual nosotros no podemos resolver algunos problemas de creación, pero cuando se lee de forma colectiva, uno acelera ciertos procesos. Por ejemplo, si un amigo te dice: “No me gustó tu cuento porque haces una introducción muy larga” o “a tu poema le faltó un remate sustancial”, uno va aprendiendo el oficio. En los talleres no se aprende lo que es la literatura, pero sí se aprende lo que no es, y al saber lo que no es literatura, podemos transitar por un camino más claro, más luminoso.
—¿Cuáles temas que te motivan a escribir?
—Los temas de la literatura son complejos. Cuando un joven comienza a escribir, lo hace sobre cualquier tema porque está cortejando a la palabra escrita. Luego, cuando el joven escritor se apropia de un lenguaje, así como los carpinteros manejan las herramientas para trabajar la madera, éste comienza a crear con voz propia sobre los temas que le atraen, pero lo importante no es el tema en sí, sino la manera de trabajarlo.
—Eres poeta, narrador, ensayista y articulista de opinión, ¿en cuál genero te sientes más a gusto?
—La poesía es el género inicial, permanece a pesar de muchos tropiezos y de ausencia de persistencia en la escritura. A veces duro un año, dos o tres, elaborando un libro de poesía. Creo que es uno de los géneros más difíciles. Ojalá inventaran una máquina que fabrique poesía. Sería interesante porque la poesía no se fabrica, lamentablemente. Pero la narrativa también me inquieta mucho. Me parece fascinante el género del cuento breve, el ensayo también. Actualmente escribo artículos de opinión y lo interesante de este género es que se acerca al ensayo, a la voz del otro, y eso es la literatura: la voz del otro.
—¿De qué otras fuentes te nutres para escribir?
—Para un escritor es fundamental conocer el discurso de la realidad. La realidad te nutre de discurso histórico, discurso artístico, discurso de las ciencias sociales, de las ciencias naturales, del psicoanálisis, de las ciencias aplicadas, pero las que más se acercan a la literatura, o de las que podemos dialogar más, son las artes visuales.
—A tu criterio, ¿cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—Tengo una lista que parece de mercado... me parece esencial leer Elegía de varones ilustres de Indias de Juan de Castellanos, la crítica dice que fue el primer poeta venezolano porque tenía mucho acercamiento a este género y escribió ciento cincuenta mil versos... Sigo el recorrido por el pasado, Andrés Bello es un hito fundamental, doy un paseo por José Antonio Maitín, Juan Antonio Pérez Bonalde; finalizo el siglo veinte, Grupo Viernes, Vicente Gerbasi, Fernando Paz Castillo, así como dos poetas que considero que hay que tomarlos muy en cuenta: Miguel Ramón Utrera y Enriqueta Arvelo Larriva. Pero un poeta fundamental de la modernidad en Venezuela, para no ser tan académico y dar una gran clase sobre esto, es Juan Sánchez Peláez, nacido en Altagracia de Orituco, quien es la imagen del poeta universal.
—¿Por qué los escritores venezolanos no son tan conocidos en el mundo?
—Más allá de los gustos literarios, hay otras causas allí que tienen que ver con las políticas editoriales. Los escritores latinoamericanos se conocieron en el boom gracias a las políticas editoriales que desarrolló fundamentalmente España. Por ejemplo, Seix Barral los publicó a todos. Gracias a una buena política editorial es que se conoce a los escritores. Por ejemplo, hace rato te nombré a Miguel Ramón Utrera, quien era contemporáneo con Paz Castillo y Gerbasi, pero conocemos más de la obra de Gerbasi y Paz Castillo porque ellos estaban en la capital del país. Aunque Utrera vivió dos años en Caracas, él decidió irse a San Sebastián de los Reyes. Se ocultó allí de una manera creativamente poética y desarrolló una obra tan importante como la de Gerbasi.
—¿Cómo influenció el boom latinoamericano a nuestros escritores?
—El boom quizá dividió en dos la literatura venezolana. El solo hecho de destruir las estructuras tradicionales fue un aporte a la literatura latinoamericana. El antecedente más importante de la literatura venezolana fue Dona Bárbara, desde el punto de vista de la novela, a pesar de tener a Cubagua, que fue editada el mismo año, en 1927. A pesar de los cuentos de Julio Garmendia en Tienda de muñecos, que lo publicó en Europa, quien no formó parte del boom, pero sí de la modernidad en el cuento venezolano y fue conocido a partir de los años setenta.
—¿Es difícil ser escritor en un país de pocos lectores?
—Es difícil. Estamos ante un Estado que si bien se preocupa por publicar libros de escritores jóvenes, no existe la misma preocupación en la praxis para la distribución y la difusión del libro. Durante muchos años en Venezuela, y esto no tiene que ver con este gobierno, sino con los del pasado, en cierta forma, no existe una sistemática política de creación de lectores, no hay campañas de lectura y escritura en los niños, y la gente lee como puede. Hace falta crear más bibliotecas, que los escritores estén apoyados por una política editorial desde el punto de vista de la región. Las alcaldías y las gobernaciones también deben apoyar a los escritores de cada municipio o estado, pero existen políticas estatales que dependen fundamentalmente de la capital, y el problema está en que no se asegura la difusión de la obra literaria. No existe esa articulación. Por ejemplo, los liceístas deberían conocer la obra de los escritores de su localidad.

—¿Las instituciones del Estado brindan ayuda al investigador?
—Tengo conocimiento de que existe un programa del Conac que se llama El Perro y la Rana, donde los escritores envían su oferta creativa, sus libros, y luego son sometidos a consideración de un comité de lectores y lo publican. Lo que no sé es que si eso ocurre para la investigación. No creo que exista ahorita una colección para la investigación. Ojalá me equivoque.
—¿Cuáles autores universales recomendarías?
—En un libro de Rafael Arráiz, titulado Coro de las voces solitarias, aparecen reseñas de muchos poetas fundamentales de Venezuela. Allí hay una carta de Ramos Sucre donde recomienda un conjunto de libros para cualquier persona que quiera comenzar a leer, pero recomiendo a los lectores que busquen ese libro para que lean cuáles libros son porque quizá yo nombre algunos y no esté ni uno de los que él mencionó. Pero, a mi criterio, pienso que todo lector debe comenzar por los clásicos, los griegos, La Ilíada, La Eneida, La divina comedia de Dante, Las mil y una noches no puede faltar, Don Quijote de La Mancha, Amadís de Gaula. Los clásicos de la literatura española. Nuestro lenguaje tiene un gran legado. Los escritores del Siglo de Oro español dejaron un gran legado en poesía, también los ingleses, como por ejemplo Shakespeare, quien le dio un gran empuje a la lengua inglesa a través de su obra dramática. Por eso creo que la lectura de los clásicos es fundamental. Aquel que nace en la Tierra y no lee los clásicos creo que no es un ser humano íntegro.
—¿Cuál es la función de un escritor?
—La palabra función es difícil, porque si hablamos de función es porque existe toda una estructura donde hay un elemento que si no funciona los otros se caen. Quizá la palabra más cercana a función sería papel, pero papel puede significar función o rol también. Entonces es difícil decir cuál es el oficio que pueda hacer un escritor allí. Es bien interesante plantearlo, pero yo creo que un escritor —si los lectores lo reconocen como escritor, porque uno puede llamarse poeta sin serlo— es aquél que le da brillo al lenguaje del cual es originario, el resto le pertenece al universo de gustos del lector. Siempre se ha dado a conocer que al escritor lo identifican con el intelectual y que el intelectual tiene que ser aquella persona que da grandes ideas hacia los cambios sociopolíticos, pero yo creo que el escritor en sí tiene que pulir el lenguaje, darle brillo al idioma.
—¿Cómo percibes el panorama literario regional?
—Desde el punto de vista institucional, recuerdo que en los años ochenta y noventa la Coordinación de Literatura se dedicaba a un proceso de formación de escritores en liceos, y eso se daba, no de manera tan masificada porque no existían tantos recursos humanos, es decir, no existía un escritor por cada liceo del estado Aragua que diera los talleres, pero sí existían talleres literarios. No vislumbro ahora un proyecto que dé a conocer a los escritores jóvenes de la región. Aquí teníamos el importante concurso Miguel Ramón Utrera y éste ya fue apagado.
—¿Qué opinas de la Internet?
—Uno de los mejores medios para difundir la literatura es la Internet. Para muestra tenemos la página Letralia, de Jorge Gómez Jiménez. Allí hallamos información sobre concursos literarios. Inclusive, hay talleres literarios que se dan por Internet y es un mecanismo interesante. La Internet es otra forma de leer la literatura.
—¿Los libros virtuales suplantarán a los tradicionales?
—Por supuesto, uno puede bajar el libro virtual y leerlo de una manera física, es una manera de leerlo, sirve en ese sentido. El otro sentido es leerlo directamente, pero por razones anatómicas es difícil que alguien lea un libro de quinientas páginas en Internet. Es un camino más que no hay que rechazar de plano.



Carpintero de las palabras


El lector hace a los escritores; por eso, cada escritor tiene el lector que se merece o viceversa. El escritor tiene un gran compromiso con su lengua, con la palabra, debe darle brillo. Tiene que hacer el oficio del carpintero, es el carpintero de las palabras... como un ebanista, que a través de su especialización embellece la madera, más allá de lo decorativo. Debe transmitir con la palabra una experiencia poética más allá de lo personal e intentar que la voz del otro sea también la voz del lector, de ese otro que está en el lector. Es una experiencia profundamente humana