sábado, 10 de abril de 2010

Alejandro Ramírez, entre lo místico y lo pagano: “La libertad es un mito”


Ser un escritor venezolano tiene un gran mérito porque es como nadar contra la corriente, es dedicarse a un oficio sin beneficio alguno, simplemente por una pasión


Texto y foto: Rafael Ortega

A finales de los años ochenta, Alejandro Ramírez (1959) viajó a Caracas a participar en un taller de narrativa en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y fue en ese momento cuando se encontró con la realidad de que “el escritor nace y lo importante es la manera de asumir nuestro rol ante el mundo, dándole la cara al mundo con nuestra forma de vida. Yo era escritor antes de entrar al taller. Los talleres no forman escritores”.
Confiesa que cuando era estudiante de ingeniería química, en Valencia, comenzó a leer a Cortázar y ahora atribuye al mestizaje cultural la razón por la cual la mayoría de los escritores venezolanos empieza a leer “de afuera hacia adentro. Empezamos a leer a Kafka y a Borges para luego descubrir que existen Ramos Sucre, Guillermo Meneses y Julio Garmendia”.
—¿Cuáles fueron tus lecturas iniciales?
—La primera novela que recuerdo haber leído, a los diez años, fue El último de los mohicanos y una de Julio Verne, De la Tierra a la Luna, que fueron para mí fascinantes en ese momento. Las leí y me quedó la imagen, pero no seguí en el asunto. Mi abuela era lectora de Agatha Christie, y ahora estoy retomando esas lecturas porque me parece que ella mantenía muy bien la estructura del género policial, la figura del suspenso, que nos puede enseñar algunos trucos. Entonces, escribí unos cuentos que tenían muchas dificultades, en cuanto a la gramática, la sintaxis, pero eran como un desborde de la imaginación.
—¿Cómo nacen tus relatos?
—Básicamente, cuando escribo un relato es para comunicarme con la gente. Pude haber elegido entre ser pintor, escultor o fotógrafo, pero siento que no hay nada más cercano, nada más sencillo, que la palabra. Es como la habilidad o el don con que nacemos y aprovechamos eso para dar nuestras ideas, nuestra manera de ver el mundo.
—Aparte de la lectura, ¿de qué otras fuentes te nutres para escribir?
—He tomado, como escritor, de todas las fuentes posibles. He consultado libros antiguos, modernos y postmodernos. Me influencia mucho la música de Pink Floyd, Led Zeppelin, entre otras bandas que escucho porque son parte de ese mestizaje cultural. Soy un ciudadano de todas partes y la música es universal. Me considero más auditivo que visual. La música para mí es algo que me transmite energía. Aunque hay algunas películas que me ponen creativo, como por ejemplo El Señor de los Anillos, también me gustan los filmes de Alan Parker y Terry Gillian, el que hizo Brazil y 12 monos. Es un cine fantástico. Me parece interesante porque habla de una sociedad, de una juventud que se va esclavizando por la tecnología y el arte es la salvación del hombre ante la barbarie y el barbarismo de la tecnocracia y la burocracia.
—En algunos de tus relatos también se advierte cierta influencia mística...
—Los personajes de mis cuentos están ambientados dentro de la ciudad, pero me llama mucho la atención el tema referente a que antes de la era cristiana, algunas religiones paganas consideraban la sexualidad como una manera de trascender y tener contacto con Dios, donde se despertaban ciertas facultades dormidas, latentes. El cristianismo borró todo eso como una herejía, pero se ha mantenido oculto.
—Tengo entendido que eres aficionado a las matemáticas, ¿qué relación tienen las ciencias exactas con la literatura?
—La ciencia y la literatura son dos modos de interpretar el mundo, la realidad, son dos cosas aparentemente opuestas que buscan definir el mundo y de repente la literatura puede ser un juego matemático también, en el que las cantidades son palabras. Ciencia y arte se complementan, son dos maneras de ver el mundo, interpretarlo, reconocerlo.

—¿De qué manera influyó el boom de la literatura latinoamericana en los escritores venezolanos?
—Todavía hay escritores que no han superado ese boom, por lo menos no completamente. Muchos han sido influenciados por la obra de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Creo que fue un momento político e histórico. En ese momento estaba la revolución cubana en su apogeo, se miraba con interés en Europa, y la mayoría de los escritores del boom tuvieron tendencias izquierdistas, que algunos cambiaron con el tiempo, pero ayudó mucho el aspecto político que se dio en el instante, aparte de que la mayoría tenía agentes literarios que promocionaban sus obras, por lo que creo que la figura del agente literario es muy necesaria en Venezuela.
—A tu criterio, ¿cuáles escritores venezolanos son fundamentales?
—Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, José Antonio Ramos Sucre, la figura más universal de la poesía venezolana, quien obvió los localismos, aunque Tolstoi decía que para ser universal hay que reflejar la aldea; Ednodio Quintero, Luis Alberto Crespo, Eugenio Montejo, Julio Garmendia, Salvador Garmendia, Guillermo Meneses, son —para mí— fundamentales.
—Es difícil ser un escritor en un país de pocos lectores. ¿Cómo asumes ese reto?
—El escritor venezolano debe superarse a sí mismo para trascender las fronteras y buscar otros mercados. En cuanto a que Venezuela es un país de pocos lectores, una de las cosas que afectan al lector es el precio de los libros, son exageradamente caros. En Colombia, por ejemplo, los valores culturales son importantísimos, son valores para exportar. Ser un escritor venezolano tiene un gran mérito porque es como nadar contra la corriente, es dedicarse a un oficio sin beneficio alguno, simplemente por una pasión. Siempre, en todas partes, habrá gente que reniegue de los escritores. Recuerda que Lope de Vega era el escritor encumbrado de su época, que decidía quién era bueno y quién era malo, y Cervantes nunca le cayó bien y por eso lo execró, pero el tiempo es el que reivindica las cosas y Cervantes es Cervantes.
—¿Para qué sirve un escritor?
—Vivimos en un mundo de tecnologías, informática, cibernética, vivimos inmersos en burocracias y en tecnocracias, el escritor es la persona que obliga a la gente a detenerse y a mirarse a sí misma, a preguntarse cosas como quién soy y a dónde voy. Y el escritor hace que el hombre reflexione, se detenga y contemple el infinito. El escritor hoy en día es como el vocero de la tribu, la voz de los que no tienen voz propia y también es un guardián del lenguaje. Cumple muchas funciones, pero casi nunca para producir dinero.
—¿Un escritor es un desestabilizador?
—Creo que sí, muchas vidas han cambiado por una lectura, muchas revoluciones han surgido a partir de una lectura. Muchas de las revoluciones en América fueron producto de una serie de lecturas, inclusive hubo países donde se publicaban novelas que eran consideradas subversivas. Los ideales de los libertadores de América fueron inspirados por el Romanticismo.
—¿Cuáles libros de la literatura universal recomendarías?
—En narrativa: 1984, de George Orwell; Ficciones, de Jorge Luis Borges; la mayoría de los cuentos de Cortázar, es una larga lista... Octavio Paz, El arco y la lira; Carta al joven poeta, de Rilke...
—¿Cómo ves el panorama literario actual en Aragua?
—En la región hay gente que escribe, pero creo que al escritor aragüeño le hace falta armonizar más con la ciudad. Todavía no hay un poeta que le cante a la ciudad, como ocurre en otras ciudades, por ejemplo Mérida, Valencia o Caracas. Habrá que buscar las razones de por qué esto pasa. Yo creo que todavía no existe la armonía ciudad-escritor. A Maracay le hace falta una Escuela de Letras, una Escuela de Cine... gente nueva, que genere ideas. Aquí se están repitiendo muchos vicios anteriores... existen tribus y clanes que se crean para apoyarse unos con otros... todavía hay mucha exclusión.
—¿Existe distanciamiento entre los artistas locales? ¿A qué lo atribuyes?
—Como dicen por allí: “Pueblo chiquito, infierno grande”... Cada uno mira hacia otra parte, pero no mira lo que está haciendo su contemporáneo... miramos qué se hace en Europa, qué se hace en Estados Unidos... buscamos leer a los autores extranjeros antes que los nacionales. También puede ser por cuestiones de vanidad, pues cuando uno se sienta a escribir piensa que lo que se hace es tan bueno que vale la pena mostrarlo a la gente, entonces se piensa en la trascendencia, en permanecer en el tiempo, toda esa serie de cosas que forman parte de la vanidad propia de todo escritor, de todo autor y de todo artista en general, es la vanidad de trascender.
—¿Cumplen su función las instituciones del Estado para facilitar el trabajo de investigación de un escritor?
—Las instituciones encargadas de ayudar al investigador no cumplen su función como deberían hacerlo. Estoy trabajando en la idea de retomar el proyecto de una nueva antología de narradores regionales, pues la anterior, publicada en 1997, Narrativa de Aragua (1970-1996), aparece en el catálogo de la biblioteca del Instituto Cervantes de Nueva York. Ahora debo realizar una investigación, pero, lamentablemente, he palpado que en algunas casas de cultura, bibliotecas virtuales y hasta en bibliotecas públicas centrales, algunos funcionarios mantienen una actitud hostil hacia los usuarios, cuando la atención al público, precisamente, es su razón de ser. Estos funcionarios ya tienen una “raya” histórica. Aparte de eso, me enteré del caso de un amigo escritor que fue expulsado de una universidad por usar el pelo largo y barba poblada. Me sorprende que en el siglo XXI aún se juzgue a una persona por su apariencia, por su forma de vestir y por no considerarla “normal” termina siendo excluida.
—¿Qué opinas de las nuevas tecnologías?
—La Internet es la punta de lanza de la globalización. Se busca un mundo unificado, las mismas ideas, la misma forma de actuar. Es como un mundo uniforme. Ese es el lado negativo. Pero el lado positivo es que un escritor puede proyectarse mucho más rápido que años anteriores.
—¿Crees que algún día los e-books suplantarán a los libros tradicionales?
—Precisamente, sobre ese tema leí en una revista de avances tecnológicos, donde había un artículo que decía que, por lo menos en cien años, el libro no va a ser superado por nada. Tener un libro entre las manos es un placer que la Internet no puede suplantar.
—¿Te sientes un escritor comprometido o escribes con libertad?
—La libertad es un mito, es un engaño... ¿quién es realmente libre? Habrá que hacer como hizo Diógenes, que iba por las calles buscando a un hombre honesto, en este caso buscaríamos a un hombre libre. Nadie es totalmente libre, somos esclavos del tiempo, de los horarios, de los convencionalismos. Yo comparo el mundo que describe Orwell en 1984 con el mundo actual y me doy cuenta de toda esa manipulación por parte de Big Brother hacia la gente con su ministerio de amor, que era más bien el ministerio del odio. Allí entendí cómo hemos sido manipulados, a través de falsos valores. Es como cuando le pones la zanahoria al burro para que camine. El manipulador te dice cómo pensar, cómo vestirte...



La vida es un combate


Recuerdo los tiempos de Marvin Hagler, Tommy Hearns, Sugar “Ray” Leonard, para mí esa fue la época dorada del boxeo y la recuerdo con bastante nostalgia. Creo que el tema del boxeador es interesante porque es la lucha de hombre contra el hombre. En El viejo y el mar, de Hemingway, hay una especie de boxeo entre el hombre contra la naturaleza, contra la soledad, siempre la vida es una lucha, un combate, que es lo que le da la sal a la existencia. La trama del suspenso es cómo tú combates, cómo enfrentas la vida, cómo asumes tu rol...