miércoles, 2 de abril de 2008

Perla de la luna

La última vez que logré verla estaba danzando desnuda en medio de la avenida bajo una lluvia de todos los diablos. Su rostro sucio y desdentado; su cuerpo flácido y arrugado, eran quizá las mayores causas de repulsión entre la horda de peatones que corrían como enloquecidos para guarecerse de los embates del mal tiempo.

Perla de la luna, princesa pluvial, las calles siempre fueron tu más seguro refugio. Emergías de las mismas entrañas de la tierra como una ondina sifilítica de los pozos sépticos. En tu vieja alma de niña maltratada no ha cesado de llover. Si la vida fue contigo una puta, por qué no habrías de serlo tú. Deambulabas por las calles ante miradas burlonas que pretendían marginarte porque estabas loca; la artífice de tu propia destrucción. Bailabas la danza de la muerte, de tu muerte. El carnaval ha terminado.

Un conductor, medio borracho, hizo sonar la bocina de su auto. Pisó el acelerador y le fallaron los frenos. Tú intentaste gritar pero el fragor de la lluvia ahogaba tu voz. Tu cuerpo fue expulsado por los aires a varios metros del vehículo. El clima era torrencial y estaba anegado de llantos; la gente, insensible ante tu pena. Sentías la inefable agonía de querer dormir sin lograr conciliar el sueño eterno. Poco a poco dejabas de pertenecer a lo real, a lo cotidiano. Ahora, eres magia y delirio; recuerdo y soledad. Bailarina etérea de la descomposición. Volviste al centro de la tierra siguiendo el curso de esta absurda espiral en detrimento donde yacerá para siempre tu cuerpo tan lejano e incógnito como la luna de aquella noche.