jueves, 10 de abril de 2008

La noche de la Maga

La Maga no sabía que mis besos
eran como ojos que empezaban a abrirse
más allá de ella, y que yo andaba
como salido, volcado en otra figura del mundo,
piloto vertiginoso en una proa negra
que cortaba el agua del tiempo y la negaba.

Julio Cortázar
Rayuela. Cap. 2


Pides otra cerveza que el caballero moreno insiste en pagar. Aceptas sin remilgos y le das las gracias parcamente. Tratas de improvisar una conversación que sea amena para que te ayude a matar el tiempo mientras esperas a Maga. ¡Quién quita que este sujeto tenga algo interesante que contar!
Los minutos corren a paso de tortuga y de aquella conversación improvisada no consigues extraer nada para lograr un buen relato, pues lo único de lo que habla este infeliz es que si hay que pagar la cerveza más cara por el bendito paro, que no se consigue Harina Pan, que en su casa todos son escuálidos, pero él es chavista patria o muerte y hasta pretende confesarte sus conquistas y desengaños en las colas de la gasolina.
-¡Qué ladilla –te arrepientes-, me salió cara esta cerveza!
No entiendes por qué razón cada vez que decides entrar solo a un bar y te ubicas en la barra, siempre tiene que haber un imbécil que te cuente sus insulsas preocupaciones; como si no fuera suficiente con tus propios problemas existenciales: pagar el alquiler del cuchitril donde (sub)vives en el barrio El Carmen, lidiar con tus vecinos (que cada día te resultan más mediocres), pagar la cuenta del restaurancito de Santa Rosa (por la comida rancia que te fían), buscar las “atmósferas” necesarias para crear un buen relato (para que luego, al entregárselo al licenciado Benítez, no vaya a decir que es una mierda y te saque a patadas de su oficina), soportar el peso de tu soledad (de no tener a Maga), tener que soportar las elucubraciones intelectuales de la cuerda de locos que te rodean; en fin, cuando no es algún frustrado, se trata de algún maricón que pretende conquistarte a fuerza de tragos y verbosidad pervertida.
Como la otra noche, cuando estabas tan borracho que caminabas recostándote de las paredes por las calles del barrio San José, un joven con rostro de porcelana (después de invitarte unos tragos de vodka con jugo de naranja) se ofreció a llevarte a tu casa. Sabías qué era lo que quería y lo dejaste toquetear tímidamente tu bragueta (con la intención de que pagara la cuenta porque tú andabas en quiebra). En un momento de descuido (cuando el niño de porcelana fue al baño) emprendiste veloz huida, a tumbos hacia tu cueva.
Observas con insistencia tu reloj para calcular el tiempo que resta para que cruce por esa puerta la chica que te trae de cabeza. Palpando tu billetera, piensas que esta noche la invitarás a una copa y le abrirás tu corazón. ¡De esta noche no pasas, Maga! Por un instante te detienes a pensar si no tendrá algún pretendiente. La sangre entremezclada con la cerveza se te sube a la cabeza cuando la imaginas con otro. Serías capaz de escribir un relato donde todos sus enamorados sucumbiesen trágicamente ante tu implacable pluma.
Palpas de nuevo la cartera para asegurarte que el dinero aún está allí, no se ha ido volando. Recuerdas la labia que le metiste al licenciado Benítez esta tarde, cuando estuviste en su oficina.
Te produce gracia la manera como aquel viejo verde te recibió, después de haberlo pillado la otra noche metiéndole mano a una carajita que podría ser su nieta dentro de su automóvil estacionado frente al Parque de Ferias de San Jacinto. Exageraba en ser amable, tal vez pensando que serías capaz de ir con el cuento a la cuaima de su esposa si no te publicaba el relato.
Puede ser que éste no haya sido tu mejor cuento, pero de lo que sí estás seguro es que fue el mejor pagado. De todas formas, agradeces en el fondo de tu corazón esta oportunidad que te brinda la vida.
Miras hacia la izquierda, donde aquel sujeto moreno no ha dejado de confesarse. Te preguntas si ese tarado no se habrá dado cuenta de que no le has prestado la más mínima atención a su historia. ¡Si le hubieras escuchado, sabrías de quién se trataba!
Vuelves a mirar tu reloj, justo en el momento en que entra la pelirroja oxigenada. Pasas la mano por tu ondeado cabello y te secas la comisura de los labios con la servilleta.
La chica se dirige al baño y cierra la puerta. Notas que el caballero moreno ya no está sentado en la barra y sientes un alivio de que se haya ido.
Magaly (o Maga) sale del baño con otra ropa que resalta más sus atributos físicos. Se acerca a una mesa para limpiarla con un paño, mientras contemplas embelesado la manera como se contonean sus nalgas al ejecutar la operación.
Del urinario sale el sujeto moreno, que hace unos momentos estaba fastidiándote con sus confesiones, con una botella en la mano. Se acerca adonde está Maga y estrella la botella contra la mesa sin soltar el pico. Ésta, al mirar la cara de su atacante, lo reconoce y lo llama por su nombre. El caballero moreno, luego de vociferar imprecaciones, la toma por los cabellos y coloca el arma improvisada sobre su cuello.
Sigilosamente, te acercas por detrás del sujeto y le rompes una silla en la espalda. El hombre suelta a la mujer y se da vuelta para hacerte frente. Te cuadras confiado en que debe estar mareado por el silletazo, pero no es así. En segundos, sientes un golpe en la nariz que te hace recular y ver todo borroso. Varios hombres que miran la escena acuden en tu ayuda y se lanzan sobre el moreno.
Aprovechándote de la trifulca, tomas a la chica de la mano y la sacas del lugar. ¡Definitivamente, Maga, esta noche darás de comer al pajarito! –piensas, mientras la conduces hacia la calle prendida a ti, sintiéndote todo un caballero andante con la nariz rota.