miércoles, 2 de abril de 2008

Cortázar para los jóvenes




Cuando Julio Cortázar escribió Rayuela pensaba haber hecho un libro para la gente de su generación. La gran sorpresa sería —años más tarde— que la gente de su edad, de su generación, no entendió nada.



Centenares de cartas, en su mayoría enviadas por jóvenes y adolescentes, llegaron a las manos del autor en señal de aceptación cuando el libro se publicó en Buenos Aires y empezó a ser leído en América Latina.



Esto demuestra que una de las maneras de cambiar la realidad no es a través de una filosofía, sino por medio de la experiencia del hombre angustiado que no acepta la existencia como es. Eso sirve mucho más como modelo para los jóvenes que un libro de texto sobre filosofía.



En el momento en que Rayuela se publicó aún no había hippies , pero había una generación que empezaba a mirar a sus padres y decirles: "Ustedes no tienen razón. Ustedes no nos están dando lo que pretendemos. Ustedes están dando en herencia un mundo que nosotros no aceptamos".



En una entrevista publicada en Cuadernos de Texto Crítico (Universidad Veracruzana, México, 1978), cuando Evelyn Picón Garfield le preguntó por qué fueron los jóvenes los que encontraron algo que los impresionó, Cortázar respondió: "Yo creo que es porque en Rayuela no hay ninguna lección. A los jóvenes no les gusta que les den lecciones. Los adultos aceptan ciertas lecciones. Los jóvenes, no. Los jóvenes encontraban allí sus propias preguntas, sus angustias de todos los días, de adolescentes y de la primera juventud, el hecho de que no se sienten cómodos en el mundo en que están viviendo, el mundo de los padres".



Entonces Rayuela lo único que tenía era un repertorio de preguntas, de cuestiones, de angustias, que los jóvenes sentían. Eso explica por qué la obra resultó importante para los jóvenes y no para los viejos.



Otra de las razones por las que Cortázar caló entre el público joven se debe al elemento lúdico presente en su obra. "Hay un viejo juego, que yo sigo practicando con resultados que me asombran, que es lo que alguien llamó la ‘poetomancia’. O sea, tomar un libro de poemas, cualquier libro de poemas, cerrar los ojos, abrirlos y poner el dedo en un verso y leer ese verso; es impresionante la cantidad de veces que en mi caso, el verso en el que caigo me ilumina un futuro inmediato o me aclara un pasado o me muestra cuál es mi presente, entonces, ¡cómo no creer en el poder del lenguaje!, cuando ese simple juego se vuelve una cosa seria", confesó el escritor en una entrevista realizada en un hotel donde se hospedaba en 1983.



Confirmada queda entonces la conjetura de que el juego y el humor representaban algo serio para él, porque "tal vez para un escritor la única manera de combatir ciertas nostalgias es escribiendo".



Además de Rayuela, Cortázar logró trascender, con Los premios y 62/Modelo para armar, las barreras del género novelístico. "Mucho de lo que he escrito", dice en un ensayo autocrítico en La vuelta al día en ochenta mundos, "se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia... Se reprocha a mis novelas, ese juego al borde del balcón, ese fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz, una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería un continuo comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario".



Pero Cortázar no sólo representa una figura literaria mayor para los jóvenes; es, además, como dijo Tom Bishop al publicarse la edición norteamericana de Historias de cronopios y famas, "uno de los de esa casta selecta que está desapareciendo, un humorista intelectual".



En estos cuentos cortos, escritos en prosa poética "más para ser sentida que entendida", Cortázar —para quien "el humor es una de las cosas más serias en existencia"— agrupa a los seres humanos en tres categorías: 1) cronopios (seres artísticos, temperamentales, "desordenados y tibios"); 2) famas ("en las sociedades filantrópicas las autoridades son todas famas", "pesimistas por naturaleza"); 3) esperanzas ("se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan"). Cortázar adquirió la noción de esos personajes que llamó cronopios durante un concierto de Louis Armstrong en París, en 1952. Escribió entonces una reseña para Buenos Aires Literaria que 15 años después fue reeditada en La vuelta al día en ochenta mundos: "Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para cronopios, y en todas las esquinas los cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis soplaría durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros".



"Son cosas que uno piensa cuando está embutido en una platea del teatro des Champs Elysees..., y los famas llegados al concierto por error o porque había que ir o porque cuesta caro, se miran entre ellos con un aire estudiadamente amable, pero naturalmente no han entendido nada...", agrega.



Si los cronopios representan a los seres artísticos, temperamentales, entonces Julio Cortázar era uno de ellos. Esto podría sonar un tanto abstracto, pero tal como declaró el escritor durante una charla que aparece en La fascinación de las palabras de Omar Prego y Julio Cortázar (1985): "El hombre que habita un mundo lúdico es un hombre metido en un mundo combinatorio, de invención combinatoria, está creando continuamente formas nuevas".



Existen dos maneras de influir en la gente joven: enseñar con textos y teorías, y transmitir a través del juego experiencias anecdóticas o existenciales. "Para mí, una literatura sin elementos lúdicos era una literatura aburrida, la literatura que no leo, la literatura pesada...".



En una entrevista realizada en París (7 voces. Los más grandes escritores se confiesan con Rita Guilbert. 1968), cuando se le preguntó a Cortázar sobre el futuro de la novela, él respondió: "Me importa tres pitos; lo único importante es el futuro del hombre, con novelas o televisores o todavía inconcebibles tiras cómicas o perfumes significantes o significativos, sin contar que a lo mejor uno de estos días llegan los marcianos con sus múltiples patitas y nos enseñan formas de expresión frente a las cuales El Quijote parecerá un pterodáctilo resfriado (...). El futuro de mis libros o de los libros ajenos me tiene perfectamente sin cuidado; tanto ansioso atesoramiento me hace pensar en esos locos que guardan sus recortes de uñas o de pelo; en el terreno de la literatura también hay que acabar con el sentimiento de la propiedad privada, porque para lo único que sirve la literatura es para ser un bien común (...). Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr tras ella para darle empujoncitos suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales".



Y con respecto al lenguaje en sus obras, el escritor confesó a Omar Prego: "También hay un ataque al lenguaje anquilosado, al lenguaje quitinizado. Allí, a mi manera, yo libré un combate en el plano del idioma, porque pensaba (y lo sigo pensando) que ese es uno de los problemas más graves que hay en América Latina, toda esa hipocresía lingüística con la que habrá que acabar de una vez".



En definitiva, aparte del legado de su obra, Cortázar dejó estos sabios consejos para quienes pierden su tiempo instaurando mafias dentro del mundillo literario de cualquier comarca del Universo y especialmente para aquellos que se desviven por destacar —a fuerza de empujoncitos—, descuidando los valores más elementales del ser humano.